martes, 16 de mayo de 2017

Las que trabajan aquí venden su cuerpo

Le dijo que vienen hombres
a beber en el salón disfrutar de
las mujeres y les pagan por eso

Dime, hijita, ¿estás dispuesta a trabajar como ellas?


Nota del editor – Este es un fragmento de Un cuadrito de sol en la penumbra, del periodista y escritor Luis Eduardo Podestá, la tercera novela de su producción literaria. El que sigue, el séptimo de una serie de fragmentos que aparecerán en los próximos días, se publica aquí como un obsequio anticipado de lo que los lectores leerán en el libro que es distribuido mundialmente por empresas especializadas en ventas por internet. Al final del fragmento se incluye la lista de las empresas encargadas de la distribución. Gracias por leer este fragmento. Sería grato recibir un comentario acerca de lo que acabas de leer. Muchas gracias.


–¿Así que estás buscando trabajo? –escuchó que le preguntaban.
–Sí, necesito trabajar –respondió ella con los ojos bajos, como buscando que no la reconocieran aunque sabía que estaba frente a una desconocida.
–¿De dónde vienes? ¿Vives cerca de aquí?
–Sí, en el otro lado del barrio.
–¿Cuántos años tienes?

–Veintidós.
–A ver… levanta la cara. No, tú no tienes veintidós años.
–Podría trabajar en el servicio… Necesito el trabajo… Por favor…
–Tienes una linda cara… ¿Sabes a qué negocio nos dedicamos aquí?
–Sí, señora.
–Mira, hijita, las mujeres que trabajan aquí venden su cuerpo. Todas las noches vienen hombres a beber en el salón de enfrente, a disfrutar de las mujeres. Y les pagan por eso. Dime, hijita, ¿estás dispuesta a trabajar como ellas?
–Sí, señora…
–Pero si eres una criatura… Muéstrame la cara. ¿Quién te golpeó?
–Mi mamá.
–Tu mamá… Tu mamá te golpeará más si te encuentra aquí, te arrastrará de los cabellos y nos denunciara ante la policía. No podemos hacer trabajar a menores de edad.
–Tengo veintidós años…
–Ese es un cuento, niña. Tú no tienes más de dieciocho años… Pero, ¿sabes?, tienes una linda cara y tu cuerpo… tu cuerpo… les podría gustar mucho a algunos clientes especiales. ¿Has comido algo?
–No, señora.
–Ven, siéntate. Come algo, mientras conversamos. ¿Por qué estás tan decidida a trabajar?
–Me fui de mi casa… me escapé… Y no quiero volver…
–Bueno, bueno… Veremos cómo podemos ayudarte. Dime, ¿has tenido relaciones con alguien?
Silencio
–Tienes que responderme con toda sinceridad, porque de eso depende que podamos ganar algún dinero, tú y yo…
–Sí.
–¿Con quién si se puede saber?
–Con mi chico… mi enamorado…
–Ah… Ya veo… ¿Muchas veces?
–No, un par de veces… Y mi mamá nos sorprendió…
–¿Y por eso te pegó, por eso te golpeó tanto?
–Sí, señora.


–¿Y por eso estás resentida, por eso te fuiste de tu casa?
–Sí, señora.
–Ah… Pero aún estás a tiempo de volver. Y creo que te recibirán con los brazos abiertos. ¿Tienes papá?
–Sí, señora… Pero no fue él quien me pegó…
–Ah, ya entiendo. ¿Y si te descubren y te obligan a regresar?
–No me iré, señora. Estoy decidida a no volver nunca.
La mujer se levanta, camina unos pasos, vuelve, la mira, libra una lucha interior consigo misma.
–Bueno, si así lo has decidido, podríamos ayudarte, pero con la condición de que no salgas a la calle. No saldrás a la calle sin mi permiso. Nunca, ¿me entiendes?... Nunca.
–Sí, señora.
–Come, debes tener hambre. ¿En tu casa les falta la comida?
–No, señora… Mi papá trabaja.
–Ah… Me desconciertas. ¿Estás en el colegio?
–Sí, señora. Pero no volveré, quiero trabajar.
–Me desconciertas, me preocupas, ¿por qué has venido aquí? Te pregunto nuevamente si conoces la naturaleza del trabajo que buscas, te pregunto nuevamente y debes ser sincera al responderme, ¿quieres trabajar en lo que trabajan las mujeres que tengo en la casa?
–Sí, señora.
–A ver… Párate en medio del comedor, allí, donde pueda verte, donde te dé la luz, levanta la cabeza, muéstrame la cara. Date la vuelta, quédate así, levanta los brazos, bájalos.

Ahora mírame. Quítate la blusa, también el sostén, no te avergüences, estamos solas, oh, te has puesto colorada… Dime una vez más, ¿estás decidida a trabajar con nosotros?
–Sí, señora.
–Quítate la falda, quítate todo, quédate desnuda ahí, para que pueda verte. Ah, tienes un lindo cuerpo, bueno, todas tuvimos un lindo cuerpo cuando teníamos tu edad, ¿cómo te llamas?
–Gacela, señora.
–Tienes que buscarte otro nombre, para que la gente te conozca. Gacela es un lindo nombre, pero aquí necesitarás otro. Ya pensaremos en eso. Hum, verdaderamente un lindo cuerpo. ¿Estarías dispuesta a irte a la cama con un hombre que no conozcas?
–No sé, señora.
–En este trabajo tendrás que hacerlo muchas veces, tendrás que librarte de tus escrúpulos, tendrás que acostumbrarte a acostarte con gente que te pague, tendrás que hacer el amor sin enamorarte, tendrás que ser dócil con quien te pague porque esa es una de las leyes del negocio. Tienes que saber qué es lo que debes hacer y qué es lo que no debes hacer para no comprometer tu vida, porque tendrás una vida, tu vida, pero en el negocio tendrás otro nombre, otra manera de comportarte, otra manera de ver las cosas, otra vida. Si así lo haces podrás acumular dinero suficiente para retirarte cuando aún seas joven y puedas arreglar tu vida definitiva. Dime una vez más, ¿estás dispuesta a hacer lo que te yo te diga y a aprender las reglas de tu nuevo trabajo?
–Sí, señora.
–Eres bonita, podrás tener un gran porvenir si sabes cómo hacerlo. Puedes vestirte. Si estás dispuesta a todo podrás ganar mucho dinero. No sería raro que algún hombre se enamorara de ti, pero eso no es aconsejable en este ambiente, no debes comprometerte con nadie, porque tarde o temprano te lo enrostrarán, te recordarán dónde te conocieron y te harán sufrir mucho. Es preferible que siempre pienses que esto es un negocio y que aquí estás para vender tu cuerpo por un rato y por eso cobrarás un dinero.
–Sí, señora. Seguiré sus consejos. 
–Termina de comer, Gacela. Te quedarás acá y no asomarás un pelo más allá de estas paredes. No saldrás a la calle nunca, o por lo menos mientras yo no lo permita.
–Sí, señora.


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