viernes, 28 de febrero de 2014

Motín en el Piso 6, sala de posoperados

Lo promovió un señor que
esa tarde fue sometido a una
operación laparascópica

Nota del editor – Esta es la primera nota de una serie de tres, que recuerdan la especial situación de los postoperados de próstata en el Hospital de Emergencias Grau de EsSalud, a cuyos médicos y personal de enfermeras expreso mi reconocimiento.

La noche del 5 de febrero fue por no decir otra cosa, extraordinaria, en la sala de los operados de próstata del Piso 6 del hospital Grau. Hubo un motín unipersonal, una fuga de dren, discusiones, llamadas a un médico pariente del amotinado y, entre otras, la presencia amedrentadora de un vigilante uniformado en medio de los enfermos, amenazando poner orden a la fuerza.


Esa tarde, a las 4.35 finalizó mi operación de próstata “con corte”, como lo habían dispuesto desde semana antes mis médicos tratantes.

Por esa razón, me hallaba en un estado semiinconsciente, cuando, contrariamente a los reglamentos que habrá de conocer los días subsiguientes, se encendieron las luces de la sala porque algo extraño ocurría.

La enfermera jefa del turno, Rosaura, descubrió que el operado de la cama 639 –yo ocupaba la 641, a dos metros de la estación de enfermeras estaba vestidito como para irse a su casa y sentado al borde de lo que debiera ser su lecho de enfermo.

Vino en su ayuda el técnico Guillermo, quien con palabras enérgicas, dijo al enfermo, de apellido Vidal que no podía irse porque hacía pocas horas de su operación, que tenían responsabilidad sobre su seguridad y varios etcéteras más.

Vidal, sometido a una intervención laparascópica, y de quien dijeron era hermano o pariente cercano de un médico del mismo apellido, respondía que esto era “un secuestro”, que lo estaban obligando a estar en ese lugar contra su voluntad, que no era un delincuente sino un hombre libre y que se iba a su casa.



Guillermo insistía, ya en un trato más familiar: “¿Cómo te vas a ir si son las dos de la mañana? No vas a encontrar ningún taxi que te lleve y estás expuesto a un asalto”.

Nada. No atendía razones hasta que un vecino de la hilera de enfrente, ocupante de la cama 633 se mostró contemporizador, le habló de la responsabilidad que iba a recaer sobre sus familiares, que “son los que te han traído aquí para recuperar tu salud” y sobre los médicos y personal del hospital “si permiten que te vayas y te ocurra algo en la calle”.

La enfermera llamó al médico tratante, al hermano médico, al vigilante del piso. El primero que vino fue el vigilante, quien se acercó al enfermo pero no dijo ni hizo nada. Al final, las palabras del enfermo 633 convencieron al amotinado quien volvió a acostarse en su cama.

El dren huidizo

Simultáneamente se había producido otro problema que me comprometía directamente. El dren se había llenado completamente, el líquido rebasó a la cama y me sentí horriblemente incómodo, Llamé a la enfermera y le mostré lo que me parecía un guante lleno de líquido.

Su desesperación no tuvo límites. Trató de volver a poner en su sitio el dren pero no fue posible. Al día siguiente me denunció ante los médicos. “Este señor se sacó el dren”, lo que no era exactamente cierto porque el dren se salió solo.

Así permanecí unos días en observación, hasta que el médico jefe de una visita matinal, el doctor Godoy,  ordenó que me restituyeran el dren y encargó la tarea al doctor Edgardo Guzmán, quien me hurgó cada tramo de los puntos. Cuando el doctor Godoy se acercó y preguntó “¿y?”, el doctor Guzmán le respondió sencillamente “nada, solo sale sangre”.     

Me liberé del dren, porque no existía peligro de infección. De lo que no me libré y no se lo deseo a ningún operado en mi situación de convaleciente es sufrir los cólicos simultáneos con la expulsión de coágulos.

Cólico grande coágulo gigante

Llegué a comprobar que mientras más duraba el cólico –un torniquete en la zona urinaria que te hace rechinar los dientes y agarrarte del colchón en busca de alivio– más grande era el coágulo expulsado. Como uno sabía que mientras más coágulos expulsara, quedaría limpio más pronto, llegas a la práctica masoquista de desear el cólico y de asistir a un espectáculo singular en la manguerita de la sonda.



Me acostumbré a mirar los coágulos recién expulsados y la forma como se comportaban. Parecían intentar el regreso y se retorcían, y a veces creaban una colita roja para manejarse dentro del tubo de la sonda.

El enfermero Guillermo, de cuya guardia nocturna disfruté un par de veces, me sometía a lo que llamaban un “ordeñamiento”, consistente en asir fuertemente parte de la sonda y sacudir con toda energía el tubo golpeándolo contra el colchón. Te dolía pero el resultado era una legión de coágulos condenados a la bolsa de desechos, al final del tubito adonde van a parar líquidos evacuados por la vejiga.

Aprendí a ordeñarme a mí mismo cuando no había enfermeras cerca, con resultados medianamente exitosos. Así pude contemplar mi obra. 

Llamaba secciones a los grupos pequeños de coágulos, compañías a los de tamaño medio y brigada a los grandes. En mi tarea de ordeñarme calculo haber expulsado unas 30 secciones, 15 compañías y unas cuatro o cinco brigadas durante varios días de lucha.

Asimismo, conté noventa segundos del cólico más largo que me libró también de un coágulo o de varios que en conjunto podrían medir unos veinte centímetros.

Uno se convierte en parte de un sistema de vasos comunicantes con la bolsita que se llena en el extremo del tubo de la sonda y sabe que debe provocar una burbuja con maniobras bruscas y levantar el tubo. De ese modo, la burbuja se acerca a la parte de la sonda adherida al cuerpo y los coágulos se resignan a viajar hacia la bolsita sin posibilidad de retorno. (Luis Eduardo Podestá).

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