martes, 5 de enero de 2016

Nostalgia del viejo Puerto Bravo

Un aniversario más de
Mollendo y evocación de
cuando cumplió 75 años

La bodas de diamante de Mollendo, el Puerto Bravo del sur del Perú, el 6 de enero de 1946, lo encontraron preocupado por su suerte porque entonces sus instalaciones no alcanzaban a satisfacer la descarga de los numerosos barcos acoderados en su mar y había terminado la construcción del vecino puerto de Matarani, a unos 12 kilómetros al norte.

El Puerto Bravo cumple mañana 145 años
El moderno puerto capaz de recibir navíos de gran calado en número mucho mayor que Mollendo, enturbió las celebraciones porque se temía una ola de desocupación ya que todos los habitantes trabajaban en actividades portuarias.

El 2 de setiembre del año anterior se había rendido Alemania y había terminado la Segunda Guerra Mundial, uno de los capítulos más sangrientos que vivió la humanidad. Japón se había rendido antes, el 7 de mayo de 1945.

Las potencias vencedoras y el mundo entero reanudaron sus actividades, entre ellas el comercio marítimo y Mollendo, el puerto del sur del Perú estaba desde diciembre de 1945 con ocho barcos frente a sus costas y se había anunciado la llegada de otros dos.
Desembarcos en canastilla... a la antigua
No había instalaciones ni brazos suficientes para la descarga de las mercaderías que esas naves traían, muchas de ellas con destino a Bolivia.

25 volúmenes de historia porteña

“Los barcos tenían que esperar varios días para descargar o cargar bienes, con el consiguiente sobrecosto en el transporte”, refiere el doctor César Coloma Porcari, escritor mollendino que ha escrito, publicado documentos de importantes trozos de la historia del Puerto Bravo, en 25 volúmenes, que me hizo llegar gentilmente.

En uno de esos libros titulado Mollendo en el 75 aniversario de su fundación (*), el padre del doctor Coloma Porcari, don Guillermo W. Coloma Elías, entonces subprefecto de Islay, publicó documentos de extraordinaria riqueza histórica sobre las esperanzas y expectativas de los mollendinos en aquellas bodas de diamante.

Ellos temían que con la inauguración de Matarani, Mollendo sufriera la misma suerte del viejo puerto de Santa Rosa de Islay, creado como Puerto Mayor en diciembre de 1862 durante el gobierno de Miguel de San Roman, quien designó como parte de la provincia,  los distritos de Islay, Tambo y Quilca.

Pero en 1871, cuando se declaró a Mollendo terminal provisional del Ferrocarril del Sur, se dispuso “clausurar el puerto de Islay”, y que la vía férrea no se extendiera unos kilómetros al norte, hasta donde se encontraba el entonces puerto de Santa Rosa, recuerda el portal Islay Puerto y Paraíso.

Paisaje de madera colorida frente al mar
Recuerda, asimismo, que con la “ley del 3 de enero de 1879, que le dio los distritos de Mollendo, Islay, Cocachacra y Punta de Bombón a la provincia de Islay, nombrando como capital a Mollendo, también se decretaba la muerte de Islay”.

La fiebre amarilla

El portal añade que “a los pocos años la vida en este lugar se tornó imposible al trasladarse todas las entidades públicas a Mollendo y no existir fuentes de trabajo, situación que se agravó al producirse una epidemia conocida como ‘vómito negro o fiebre amarilla’, que terminó por desaparecer la población de Islay”.

En medio de sus felicitaciones por las bodas de diamante de su edición del 4 de enero de 1946, el diario El Porteño criticaba la nueva obra, al señalar que “la construcción del puerto de Matarani ha sido calificada de obra costosa e inútil, representando un obstáculo moral insalvable para Mollendo”.

Colorida arquitectura en madera
Pero no fue así. El Mollendo que yo conocí en la década de los años 50 era una activa ciudad portuaria y turística, que recibía barcos de gran calado, aunque el transporte de pasajeros y carga debía realizarse entre el barco y el muelle en lanchones de una empresa denominada Compañía de Lanchas.

Había además, varias compañías exportadoras e importadoras, como las conocidas Roberts y Ratty, y agencias de aduana que atendían los requerimientos de una ciudad que crecía.

Los textos del subprefecto de Mollendo de 1946 me tocaron especialmente las fibras de la nostalgia, porque en mis años juveniles pasaba mis vacaciones de verano en la casa de mis tíos Guillermo Linares y su esposa Jesús Núñez, residentes en la entonces avenida Independencia, (hoy Mariscal Castilla), donde compartíamos incursiones en el mar y concurrencia a las fiestas con alguno de mis cinco primos.

El olivar de la casa

Mis tíos tenían una casa enorme, la mitad exterior de ladrillo estucado y pintado de amarillo y el interior de madera, desde el piso asentado sobre pilotes a casi un metro sobre el suelo hasta el gran comedor y los dormitorios y un enorme huerto donde crecía un bosque de olivares cuyos frutos me enseñaron a degustar lo que denominamos aceitunas producidas en casa.

Marca el comienzo de la avenida Mariscal Castilla
El estadio de Mollendo quedaba a unos cien metros de la casa y un poco más lejos el Club de Tiro, que organizaba sus famosos bailes de carnaval y otras fiestas durante el verano, que duraban hasta bien entrada la mañana siguiente, porque así de fiesteros eran los mollendinos de ese tiempo.

De aquel tiempo feliz, la memoria me urge a evocar los almuerzos con orquesta en el restaurante Choronga de la calle Comercio, el bar La Cabaña donde los vaporinos apuraban sus cervezas heladas en verano y sus “calambucos” (ron y cocacola) en invierno.

No deben olvidarse tampoco el bar de Mateo que arrojaba música a diestra y siniestra hacia todos los barrios vecinos, los cebiches en los restaurantes playeros, donde estaba prohibido vender cerveza pero todo el mundo la tomaba.

Inolvidables residencias de madera
Junto a esos recuerdos, no pueden olvidarse las calles inclinadas hacia el mar, el malecón de los paseos nocturnos, la piscina municipal donde había duchas de agua dulce para librarse de la sal marina, la Aguadita, donde las olas se metían sin permiso por un enorme forado en la roca y renovaban el agua…

Me era muy familiar el vecindario de aquella avenida que era la vía de ingreso de los transportes –ómibus, camiones y colectivos- que venían desde Arequipa y con el doctor César Coloma, tuvimos hace poco una conversación sobre aquella época dorada que no volverá.

Hay que desearle a Mollendo, ahora, a sus 145 años de vigorosa existencia, un porvenir de bienestar, paz, concordia y tolerancia frente a los que no piensan ni actúan como uno, porque para ser un pueblo feliz, el Puerto Bravo lo tiene todo.

(*) El libro fue editado por José Coloma Gygax yel Instituto Latinoamericano de Cultura y Desarrollo)

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