domingo, 2 de marzo de 2014

Nadie respeta la cercanía del hospital

Bocinazos de combis
y de coches policiales
martirizan a los enfermos      

Nota del editor – Esta es la tercera nota final de una serie que recuerda la especial situación de los postoperados de próstata en el Hospital de Emergencias Grau, a cuyo personal médico y cuerpo de enfermeras expreso mi reconocimiento, por su dedicación y por sus demostraciones de alta eficiencia. Mi especial reconocimiento al doctor Vladimir Mautino, quien realizó la operación, a los doctores Flores Cisneros, Madueño, Godoy, Guzmán Arangurí, a los demás integrantes del equipo médico que cuidan de los postoperados con profesionalismo y comprensión y al cuerpo de enfermeras del Sexto Piso, donde pasé diez días bajo su cuidado.


Si hay algo que martiriza a los enfermos, aparte de las secuencias naturales de la operación, son los ruidos que llegan desde la calle hasta el piso 6, penetran con toda brutalidad por los ventanales orientados hacia la avenida 28 de julio, y nos mantenían despiertos virtualmente toda la noche, a causa de una alta contaminación sonora.

Una de las esquina más bulliciosas
Sería por eso que escuchábamos también los gritos de un anciano paciente de la cama 626 que llamaba todas las noches a “Verónica”, “Micky” y a otros presuntos familiares a quienes daba encargos en alta voz.

El señor despertaba exactamente a las nueve de la noche para llamar a sus familiares y callaba a las cinco de la mañana, cuando comenzaba el día de todos los postoperados. Un día le pregunté a la enfermera del turno de noche cuyo nombre me reservo, por el señor de la cama 626: “Ya se fue”, me contestó, “ese señor de día dormía y de noche jodía”.

Un día de visita conocimos a “Verónica”. No era una fantasía sino su nieta, una gordita muy simpática que se movía de un lado a otro para cumplir los encargos del anciano.

A las cinco de la mañana

Nuestro día comenzaba a las cinco de la mañana cuando el turno de la noche encendía la luz. Yo aprovechaba mi cercanía a los servicios para llegar primero a la ducha. Siempre fui el primero en bañarme, mientras otros esperaban en el pasadizo.

Uno de ellos, el paciente de la cama 633 reclamaba: “¡Una sola ducha para 25 pacientes! Yo soy pobre pero tengo tres baños en mi casa de San Martín de Porres”.

De regreso a mi cama me ponía a leer y me echaba un trago de agua, porque los postoperados de próstata deben tomar por lo menos tres litros de agua diarios para expulsar los coágulos.

Sala de hospitalización bien atendida (Internet)
Un médico recomendó los botellones de dos litros y medio, pero la experiencia me demostró que era mejor tomar varias botellas chicas de 1.26 litros cada una, de esas llamadas individuales. Así se puede tomar tres botellas chicas y cumplir con creces, 3.78 litros, la cuota establecida.

Por lo demás, un botellón es difícil de manipular, sobre todo cuando se trata de un postoperado que con las justas puede ponerse de costado en la cama clínica. Tuve una experiencia desagradable cuando traté de llenar con agua de un botellón un vasito de plástico que, ante la presión del chorro, se volcó y mojó un libro y varias cosas que tenía en la mesita.  

Operaciones laparascópicas

Quienes fueron sometidos a operación laparascópica se retiraban pronto. Su permanencia duraba unos cuatro o cinco días, pero las secuelas de la intervención son similares a las de quienes nos operamos con corte.

Un paciente sometido a operación laparascópica, alto y con dos permanentes bolsas a cuestas –una del dren y la otra de la sonda–, me dice que a él no lo han programado para retiro de sonda, no obstante tener dos o tres días más de antigüedad que yo y a pesar de que su orina ya fluye constantemente de color amarillo.

“Algo pasará”, le digo, “para que los médicos lo hagan esperar”. Él inició la conversación al ver mi reloj alemán Junghans y se interesó por él. Le dije que ya tenía diez años en mi poder sin fallar y señaló que era coleccionista de relojes antiguos de marcas famosas como Bulova, Citizen, Longines y otras.

Dijo que da unas vueltas por sectores de Lima donde venden cosas viejas. “Siempre encuentro algo”, me dijo contento. Cuando me fui, dos días después, se quedaba aún sin anuncio de alta.

Los ruidos infernales de esa calle

Le pregunté a la técnica Ignacia si no había un letrero frente al hospital que prohibiera las bocinas de los vehículos y los pregones de los vendedores provistos de altavoces. Me respondió: “Hay un letrero grandazo, pero nadie le hace caso”.

Hospital Grau: alta contaminación sonora
Yo lo habría de comprobar las diez noches que pasé en el Piso 6. Entre cinco de la tarde y dos de la mañana por lo menos, los ruidos callejeros eran espantosos y parecía mentira cómo, a pesar de todo, se podía conciliar el sueño.

Lo que dijo la técnica Ignacia era verdad. Nadie hace caso del letrero ubicado en el crucero 28 de Julio-Iquitos con el que la Municipalidad de Lima pide silencio por respeto a los enfermos.

Comprobé que ni siquiera los coches policiales acatan el llamado de la Municipalidad. Escuché varias veces a cualquier hora la característica bocina de graznido de pato de los vehículos de la policía y una voz imperativa inconfundible “¡hágase a la derecha, oiga!”.

Disparan estrepitosos sonidos a toda hora
No solo eso. Los pregones de los vendedores ambulantes con altavoces a todo volumen que ofrecen paltas, granadillas, plátanos, y cien cosas más, se mezclan con las bocinas de combis y gritos de los llamadores que anuncian adónde van. Todo un estrépito infernal que ningún policía controla a ninguna hora frente a un hospital cuyos ocupantes merecen el respeto del silencio.

Quisiera pensar que, si alguien de la Municipalidad lee esta nota, haga algo para controlar ese bullicio. Así, quiero pensar en positivo, se hará algo por la tranquilidad de los enfermos durante los días dramáticos en que, luego de una intervención quirúrgica, precisan de descanso y tranquilidad.

Para mí ese problema se acabó el sábado 15 de febrero. Mis hijos Luis y Gonzalo se organizaron de modo que todo salió milimétricamente preciso. Mientras Gonzalo me ayudaba a vestirme con ropa de calle, Luis hacía los trámites administrativos y recogía las medicinas de la farmacia. Agradecí sus cuidados a las enfermeras de turno al despedirme y a los enfermos que aún se quedaban les deseé buena salud. (Luis Eduardo Podestá).

(Imágenes del hospital Grau captadas de Google-maps)


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