domingo, 9 de abril de 2017

La tormenta entregó su cuerpo a las aguas

Crearon la leyenda de que
los dioses habían intervenido
para llevarse el cadáver

Nota del editor – Este es un fragmento de la novela Un cuadrito de sol en la penumbra, del periodista y escritor Luis Eduardo Podestá, y es la tercera que produce. Este, asimismo, es el tercero de una serie de fragmentos que se publican aquí aquí como un obsequio anticipado de lo que los lectores leerán en el libro que es distribuido mundialmente por empresas especializadas en ventas por internet. Al final del fragmento se incluye la lista de las empresas encargadas de la distribución. Gracias por leerlo.


Unas horas más tarde se desencadenó una estrepitosa tormenta, pero ellas estaban en la choza donde Nora había vivido con el curandero y escucharon los lejanos truenos y vieron brillar las aguas agitadas del lago a cada estallido de los relámpagos que parecían querer la destrucción del mundo, mientras la lluvia caía y caía a cántaros.


Primero se empozó un poco de agua que llegaba de la cumbre y se filtraba sobre la blanda tierra de la aún fresca tumba de Fermín Arpasi, y luego comenzó a correr un hilito turbio hacia la pendiente y una hora más tarde el riachuelo se convirtió en un torrente alimentado con las aguas que venían desde lo alto del cerro, se hizo un remolino en aquel lugar donde reposaban los restos del curandero y la lluvia siguió cayendo, socavó el borde de la tumba, abrió un canal por donde comenzó a despeñarse hacia las orillas del lago y luego se convirtió en un caudaloso aluvión que destrozó lo que los hombres habían hecho para proteger el cuerpo de su médico.

El torrente llegó hasta el fondo rocoso, descubrió el ataúd que contenía el torturado cuerpo de Fermín Arpasi, lo arrastró en medio de la turbulencia de la corriente y lo entregó como un solitario, desorientado barquito de madera, a las aguas del gran lago sagrado, navegó en dirección al oriente durante un tiempo como si emprendiera un retorno hacia las islas, luego se llenó de agua y se hundió pacíficamente en un lugar donde los dioses quisieron depositarlo quizá para que la paz de las profundidades lo acompañara y lo preservara para la eternidad en lugar de permanecer en la ladera de aquel cerro donde los hombres podrían arrebatarlo para impedir que sus hermanos lo recordaran, le llevaran flores y velas y cada día de difuntos, se sentaran alrededor a comer y beber como lo habían hecho sus ancestros en los lugares que convertían en sagrados por la presencia de los cadáveres de los hombres buenos.

La desaparición del ataúd del Fermín Arpasi no fue descubierta por sus hermanos sino por unos pastores de ovejas que un día vieron primero cómo una multitud de hombres y mujeres del lago enterraban el cuerpo de un amigo, hermano, padre, de alguien a quien querían mucho y cuando volvieron al día siguiente se encontraron con las huellas del aluvión que había bajado desde la cumbre y arrasado parte de la quebrada hasta caer sobre el lago cargado de piedras, árboles y cuanto había encontrado a su paso. La tumba había desaparecido y así se lo dijeron los pastores al primer balsero que encontraron cerca de la orilla del lago.


La leyenda de que los dioses del lago habían intervenido para llevarse el cadáver del médico brujo, se extendió por toda la región entre las gentes sencillas que un día vinieron con tablas, varillas de hierro, un cilindro cortado por la mitad, una bolsa de cemento, y luego, a fuerza de cinceles y combazos, pulieron una roca cerca de donde estuvo la tumba original, hicieron el armazón de una plataforma que llenaron de concreto para que sirviera de base al monumento, tejieron con varillas de hierro y tablones de madera el encofrado de una cruz de tres metros de altura y vaciaron el concreto entre gritos de entusiasmo. Volvieron al día siguiente, ahora en presencia de una veintena de pobladores de las islas, retiraron las maderas, descubrieron la cruz, la pintaron de blanco, la admiraron de cerca y de lejos, comentaron nunca volverá a ser arrastrada por ningún huaico por más violento que fuera, porque estaba amarrada a la roca, pusieron flores frescas, encendieron unas velas y rezaron una vez más por el alma del Fermín Arpasi.

En los años que siguieron los habitantes de la ciudad y de las islas le llevaron flores de las montañas o de las orillas del lago y le encendieron velas y rezaron para acompañar sus peticiones cuando alguien de su familia se enfermaba y estaban seguros de que el espíritu del médico brujo los escucharía porque si fue bueno en la tierra, allá donde estaba ahora sería aún mucho más bueno y caritativo con los suyos.

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(Imágenes referenciales Óscar Condori Apaza) 

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