jueves, 26 de abril de 2012

Años maravillosos del periodismo

Evocación de los corresponsales
de “La Prensa” de Arequipa


He leído con retraso una entrevista que la periodista del diario El Pueblo de Arequipa, Elizabeth Huanca, le hace al que fue director o jefe de la corresponsalía de “La Prensa” de Arequipa, abogado y periodista Samuel Lozada Tamayo, y no puedo resistir a la nostalgia que me impulsa a agregar unas viñetas sobre la gente que conocí y con la que trabajé en los comienzos de mi “carrera” periodística, en la década de los años 50.
Publicación de El Pueblo en domingo

Me permito discrepar con el titular de esa nota, “El último sobreviviente de la revolución del periodismo en el siglo XX en Arequipa”, pues ya seríamos, por lo menos tres, si se incluye a Francisco Chirinos Soto, hoy completamente dedicado a su estudio de abogados y un servidor que por hoy declina la modestia.

Si creo que fue una revolución periodística, como lo es ahora el hecho de que las informaciones de toda índole, lleguen a su destino, el público, con la velocidad de la luz, a través de la televisión o internet, mientras en aquellos lejanos años 50, debían ser redactadas en la mañana, puestas en un sobre que se enviaba a Lima por avión al mediodía, procesadas en la redacción central y publicadas al día siguiente.

Por haberme permitido participar de esa revolución, le xpresé a mi exjefe Samuel Lozada, en determinadas ocasiones, mi aprecio y mi reconocimiento por el valor imperecedero de sus enseñanzas y correcciones. Hoy lo vuelvo a hacer.

En el barrio bancario

La sede de aquella corresponsalía estaba ubicada en el crucero de las calles General Morán y San Juan de Dios, con puertas hacia ambas arterias, en lo que se llamaba pomposamente el barrio bancario. En las demás esquinas teníamos la Botica del Pueblo, el Banco de Crédito y el fallecido hace tiempo Banco Popular.

Si salíamos por la puerta de General Morán, teníamos al lado, al viejo Cine Fénix y a la derecha, por San Juan de Dios, a dos puertas de distancia, una fuente de soda, que preparaba gigantescos jugos de papaya arequipeña, para aplacar nuestra sed, casi todos los mediodías.
El ingeniero Javier Díaz Orihuela, el exalcalde de Arequipa, Simón Balbuena, Samel Lozada y Bernardino Rodríguez en ceremonia pública

El mediodía era una hora crucial. Marcaba la urgencia de cerrar el sobre para Lima, en el avión que partiría entre 12.30 y una de la tarde, que contenía unas  cincuenta carillas escritas con apuro y fotografías de los hechos más saltante y de los personajes que los habían vivido.

La corresponsalía se inició con aires de modernidad y a diferencia de los periódicos de entonces –El Pueblo, Noticias y El Deber–, tenía su propio reportero gráfico, el primero de los cuales, Humberto Bonilla, tenía un sentido del humor propio y, por ejemplo, cuando el doctor Lozada le preguntaba por la fotografía del último temblor, respondía desde el fondo de su cuarto oscuro: “¡Ha salido movida, doctor!”.

Otro reportero gráfico propio fue Benito Melo, semilisiado a causa de un accidente en que perdió una pierna y parte de un brazo, por lo cual manipulaba el disparador de su cámara con un muñón de la mano derecha, mientras con la izquierda la pegada al pecho.

A pesar de esas dificultades, le vi treparse a las rejas de una ventana en Mercaderes para fotografiar desde una mejor posición, al doctor Javier de Belaunde Ruiz de Somocurcio, que pronunciaba un discurso en lo que era un muro del Banco Internacional en construcción. Era diciembre de 1955 y Arequipa recibía para una demostración contra la dictadura de Odría, a Pedro Roselló, de la Coalición Nacional.

Como muchos de los que se iniciaban en el oficio, comencé por policiales, de modo que mi mañana comenzaba en la Comandancia de la Guardia Civil, de la calle Jerusalén, donde revisaba el resumen de todos los partes policiales llegados de las comisarías de la ciudad y de los puestos policiales de otras localidades.

Sucedió en Arequipa

Con los datos simples y corrientes de la vida construía una columna que se llamó Sucedió en Arequipa, con notas policiales muy breves que privilegiaba lo singular y lo jocoso de algunas situaciones vividas por los protagonistas. Lo grande, lo importante, lo sensacional era tratado aparte, con previa investigación y fotografías.

Así lo enseñaba la técnica periodística y don Samuel nos fustigaba con ella a cada rato.

Fue una gran ventaja que nos proporcionara a cada uno de los miembros de la oficina, un Manual de Estilo de La Prensa, un folleto de unas 40 páginas que contenía una biblia resumida de cómo debe conseguirse, procesarse, redactarse y revisarse una información periodística antes de considerarla perfecta.

Yo me aprendí de memoria aquel Manual y creo que me sirvió de mucho, a pesar de su brevedad, para el desarrollo de mis futuras tareas.

No ganábamos mucho, lo que movía a Oswaldo Cuadros Lazo, periodista deportivo, a pedirle al administrador Salmerón, no una quincena sino “una anualidad de adelanto” porque tenía necesidad de comprarse ropa nueva. En realidad, éramos aprendices y solteros, por lo que nuestras necesidades quedaban relativamente satisfechas con nuestros haberes.
Samuel Lozada recordó sus días maravillosos

Que esta evocación sea para reconocer a la primera escuela de periodismo que tuve en mi vida. La “escuelita” de Pedro Beltrán, donde se analizaba, se corregía y se enseñaba como mejorar el periodismo, me sirvió de ejemplo. Y cuando desempeñé cargos jerárquicos en algunos periódicos ensayé también esa “escuelita” con quienes lo deseaban.

Esta nota de vivencia personal estaría prohibida según la doctrina de la "escuelita", pero cuento con su benevolencia, y porque con su venia, alguna vez hay que recordar a las personas con quienes uno construyó su vida.

Luis Eduardo Podestá

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