domingo, 4 de octubre de 2009

Las última barricadas de Arequipa

Remodelan la casa que fue cuartel
general de Fernando Belaunde,
dos veces presidente del Perú




Las dos barricadas eran impresionantes, quizá de más de dos metros de altura, porque superaban la estatura de los hombres más altos, y estaban construidas con los tradicionales adoquines en desorden y sillares traídos de alguna casa en estado de destrucción. Y lo histórico es que quien ordenó su construcción en 1962, fue el arquitecto Fernando Belaunde Terry, dos veces presidente del Perú.

La primera cuadra de la calle La Merced estaba cerrada por una barricada en su crucero con Puente Bolognesi y por otra en el crucero La Merced–Palacio Viejo, donde quedaba una casona que hoy reconstruyen sus actuales propietarios y que entonces era el cuartel general del arquitecto y del partido Acción Popular (AP).

Yo trabajaba en el diario El Pueblo y de noche, acabada la jornada, de paso hacia mi casa, me fascinaba ingresar a través de la barricada, trepando entre los sillares y adoquines, previo permiso de los celosos vigilantes, corpulentos militantes de Acción Popular, traídos especialmente de Lima para participar en esa actividad.

Pedía permiso al correligionario que podía mirar a través de espacios dejados ex profeso en el extremo pegado a la pared y comprobar que el visitante era, en efecto, un reportero del diario El Pueblo que mostraba su carnet a la luz de los focos de la esquina y de una linterna que el vigilante enfocaba sobre el documento.

Me indicaba por dónde trepar, un lugar en el centro de la barricada, y tenía que utilizar mi impulso juvenil, mis manos, y fijarme bien dónde ponía los pies, para subir y descender del otro lado, en aquel campo vedado para todos los demás mortales donde yo podía estar gracias a mi situación de periodista.


Remodelada casa que fue cuartel general de
Fernando Belaunde y Acción Popular en 1962

Me guiaban hacia la casa de la esquina, a la mano derecha, signada con el número 129, y que entonces lucía una fachada amarilla con dos columnas características a los lados de la puerta principal, rematadas por dos cabezas de león talladas en sillar, que aún se conservan.

El correligionario guía me introdujo en un corto zaguán que se abría a un patio cuadrado, a la derecha del cual detrás de una iluminada puerta funcionaba una especie de recepción. Allí, un hombre hablaba por teléfono.

–¡Es Lima! –exclamó– ¡Llama al arquitecto!

Me quedé detenido a dos pasos de la puerta. El arquitecto rebelde salió en camisa, con un suéter de lana y se acercó al teléfono, escuchó, respondió casi a gritos pues las comunicaciones de entonces presentaban deficiencias, soltó un carajo, dio indicaciones y cortó la comunicación.

Al darse vuelta, me miró –a diferencia de todos los demás, yo lucía terno y corbata– y probablemente por eso se extraño e interrogó con la mirada a quien tenía más cerca.

–Es un periodista del diario El Pueblo, arquitecto– le dijo.

Su gesto de extrañeza se hizo cordial. Me dio la mano, me dijo bienvenido a esta casa, le pregunté algunas cosas y las respondió con sencillez y con palabras precisas.

Tras la conversación, que duró unos diez minutos, se despidió con un nuevo apretón de manos, recalcó que los periodistas tenían las puertas abiertas a pesar de la situación que se vivía y se dirigió al fondo de la casa por donde había aparecido.

Así conocí y hablé con el hombre que fue dos veces Presidente de la República, que había recibido un chorro de agua en el jirón de la Unión cuando reclamaba su inscripción en el Jurado Nacional de Elecciones, en un tiempo en que la dictadura de Manuel Odría pisoteaba todo derecho ciudadano, y que había venido a Arequipa a levantar barricadas para defender la democracia.

Aquella casa tuvo como propietario original a la familia del ingeniero Francisco Valencia Paz, que alguna vez ocupó la presidencia de la Junta de Rehabilitación y Desarrollo de Arequipa, tras el terremoto de 1960.

Ahora ha sido remodelada y luce pintura verde pálido, de los que autoriza la Municipalidad para que no desentonen con la arquitectura predominante. En el 129-A actual donde antes existió la Tipografía Quiroz, hoy atiende el Cusco Coffe. En el antiguo local de AP se ha instalado la Caja de Crédito Sullana.

Casi cincuenta años más tarde, Carlos Meneses Cornejo, periodista director del diario El Pueblo, recuerda un episodio ocurrido en el patio de la casona.

En aquella ocasión, debe haber sido junio de 1962, se levantó un estrado en el extremo posterior y más visible del patio, desde donde Belaunde hablaría a los correligionarios. Ocurrió que más de las personas que debían estar subieron a la plataforma de madera que en un momento dado se desplomó y todos sus ocupantes cayeron a tierra.

Felizmente nadie salió herido. El arquitecto se levantó, se sacudió la ropa y el acto continuó sin estrado.

La casona 129 solo era el cuartel general de Acción Popular. Cuando se levantaron las barricadas y se reacomodaron los adoquines que bordeaban las vías del tranvía que pasaban por allí, Fernando Belaunde regresó a la casa de su tía Lucila, mamá del ingeniero Fernando Chávez Belaunde, en la avenida Tacna y Arica donde el arquitecto se alojaba cada vez que llegaba a Arequipa.


Fernando Belaunde atiende a los periodistas Luis Podestá
y Javier Bustamante, frente a la casa de la avenida Tacna y Arica de Arequipa
Fue al frente de la casa de Tacna y Arica, donde Belaunde me recibió para entregarme dos fotos del golpe militar contra Manuel Prado, una de las cuales muestra al presidente dentro de un automóvil saliendo del palacio de gobierno.

En esa ocasión, junto a mi colega Javier Bustamante Ibáñez, que también aparece en la fotografía que ilustra esta nota, Belaunde nos informó del golpe militar y del anuncio de nuevas elecciones para el año siguiente, que lo ungieron como presidente del Perú por primera vez.

Esa fue la última vez que Arequipa vio y vivió un episodio político de rebeldía con barricadas incluidas. Las anteriores, que marcaron también época y figuran en la historia, fueron las de la rebelión popular de 1950.

Después de las barricadas de Belaunde, en determinadas protestas populares han sido removidos los adoquines del centro pero solo para formar informes obstáculos de medio metro de altura que jamás podrían honrarse con el calificativo de barricadas revolucionarias.



NOTA - La foto de la casa remodelada ha sido tomada del diario El Pueblo.




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