miércoles, 14 de febrero de 2018

El reposo de un periodista de pelea


Manuel Rodríguez Velásquez
tiene la felicidad de tener a su
familia todos los días a su lado

Manuel Rodríguez Velásquez, Marove es su seudónimo artístico, es un periodista de pelea, que luchó para defender sus derechos y al cual solo ha podido echar a la lona la enfermedad que padece.

Con un aguilucho al hombro en maca, Caylloma
Durante mi última estada en Arequipa hice una llamada a su casa como solía hacerlo cuando llegaba a esa ciudad y me encontré con una sorpresa que me dolió hasta las lágrimas, a mí, que soy duro ante los peores trances y sabe disimular la pena.

Estaba, me dijo su esposa Lupe, mi comadre, en una casa de reposo y dudaba de si me pudiera reconocer.

El alzheimer había hecho pasto de su cerebro privilegiado y mantenía en receso las manifestaciones artísticas a que dedicó su vida de periodista.

Porque Marove no solo era redactor, sino que fue un inspirado caricaturista y un fotógrafo artístico, a quien la ceguera que comenzó a padecer hace veinte años, no pudo dominar.

Una misión en el campo
Me extrañó alguna vez en Arequipa saber que presentaba una muestra de sus fotografías, tomadas -¿se puede hacer eso?- guiado solo por las sensaciones del clima que lo rozaba.

Vi, entonces, un amanecer enrojecido sobre las montañas orientales de Arequipa y me pregunté a qué hora, poco después del amanecer, había sido captado.

Marove se reía cuando le preguntaba sobre el tema y desviaba la conversación, porque me parecía que se había levantado muy temprano y al sentir los rayos del sol sobre su cuerpo, apretó el disparador.

En busca de modernización

Lo conocí en junio de 1957 cuando ingresé a trabajar en el diario El Pueblo como redactor. Me dio la mano, “bienvenido”, me dijo, “contigo aquí podremos hacer muchas cosas”.

Arriero en las alturas
Quizá se refería a que como mi experiencia laboral venía de La Prensa, diario capitalino que imponía formas de redacción y medidas de diagramación modernas a través de “carillas milimetradas”, volcaría esos conocimientos en beneficio de mi nuevo diario.

Así fue, aunque hubo tropiezos, pues las famosas carillas milimetradas no tuvieron la entusiasta recepción que imaginé. Jorge Hani, el jefe de locales, pasaba largas horas contando las letras y espacios de un renglón para establecer el tamaño de una información.

Un barco solitario
Le decía que eso ya estaba inventado con las carillas de La Prensa, pero él alegaba que los linotipos de El Pueblo tenían otras matrices incompatibles.

¡Cosas técnicas que no interesan hoy, pero que a Marove lo puso de mi lado en las discusiones que se propiciaban en la redacción!

Bien. Marove hacía las caricaturas para mi columna, escrita en tono jocoso a veces, pero casi siempre con alto contenido crítico sobre asuntos de la ciudad y de sus barrios.  

Tallador de sillar
También lo hizo cuando editamos una revista de mala suerte, como que su nombre fue “Trece” y que no duró, si los recuerdos no me engañan, no más de cuatro números.

Sus peleas de toros

Con Marove pasábamos largas horas nocturnas hablando de las peleas de toros, una justa leal, decía, que muy rara vez es sangrienta y se reduce a una medición de fuerzas entre dos animales entrenados y criados para eso.

Yo me fui hacia nuevos horizontes -primero Correo y más tarde Expreso- en Lima y nos perdimos ocasionalmente de vista, pero en mis viajes a Arequipa, siempre nos encontrábamos para charlar.

Me enteré de las vicisitudes de El Pueblo, después de la muerte de su director y propietario Morales Blondet, cuando surgieron luchas internas por el poder entre grupos de trabajadores e intereses foráneos, en las que él participó con entereza y con amor al diario en que había trabajado toda su vida.

Salió malparado, pero continuó su pelea desde afuera, hasta que su salud, deteriorada progresivamente, lo recluyó en el hogar familiar.

Mi comadre Lupe, su esposa, me cuenta de sus últimas crisis que obligaron a mantenerlo bajo estricto y permanente cuidado médico. Me advirtió que quizá no me reconocería y que comprendiera la situación. Así lo prometí.

Pero, ¡oh sorpresa! Me saludó como un amistoso “¿cómo estás?” y luego me preguntó: “¿Estás trabajando para algún periódico?”.

Sostuvimos una conversación a tropezones, pero amistosa, a veces risueña, en presencia de su esposa Lupe, su hija Emily y su nieta Sofía, que concurren religiosamente todos los días a pasar con él varias horas.

Creador de la fama de Menelik

Marove escribió un libro sobre “Las peleas de toros de Arequipa” y se hallaba en plena investigación sobre el destino de los restos del prócer y poeta Mariano Melgar cuando la crisis de su mal interrumpió su tarea.

Destacó la imagen de "Menelik"
En su libro, Marove rescata la loncca tradición de las peleas de toros y devela con minuciosidad la historia de Menelik, un toro que no nació para el arado sino para pelear y se convirtió en el campeón de campeones de la campiña durante muchos años.

Cuando Menelik murió, sus propietarios hicieron embalsamar su cabeza y la guardaban como una reliquia, pero algunas instituciones la pidieron prestada para ferias y exhibiciones y perdió un ojo y se maltrató de mala manera hasta que sus dueños decidieron rescatarla y guardarla en su casa para siempre.

Recuerdo que Marove asistía todos los domingos a las peleas de toros, allí donde se produjera, en cualquier condición del tiempo y que los lunes El Pueblo publicaba sus notas acompañadas por fotografías que él mismo tomaba, sus dibujos y sus caricaturas.

Me duele que se encuentre enfermo y que su condición no le permita la escritura ni la lectura y ni la práctica de su arte, la caricatura, el dibujo y la fotografía que fueron sus hábitos de toda la vida. 

Manuel Rodríguez Velásquez... en persona
Es, me digo sin resignación, el precio que los años nos imponen.

Pero el hecho de que su familia lo acompañe diariamente y se ocupe de sus mínimas necesidades, aunque no lo tengan presente en el hogar como en el pasado, es conmovedor porque -y sepámoslo todos quienes lo conocimos- no permiten que caiga sobre él la soledad que suele acompañar a quienes, como él, padecen los males que duran tanto como el tiempo mismo.

Por eso me permito enaltecer la tarea que se han impuesto su esposa Lupe, sus hijos Jorge, Karina, Erick y Emily y sus seis nietos, para estar con él todas las horas que la casa en que se encuentra lo permita.

Que estos breves párrafos, hermano Marove, sean, asimismo, el homenaje que rindo a la camaradería incondicional que nos unía en los intensos años que compartimos en la casa periodística en que nos conocimos hace más de 60 años.    

(Imágenes de Manuel Rodríguez Velásquez y del álbum familiar)

2 comentarios:

Lily dijo...

Hermosa reseña, palabras presisas.... Un hombre a carta cabal Sr.Manuelito que Dios derrame siempre bendiciones sobre ud. y su familia

Jorge Rodriguez dijo...

Muchas gracias Luis por esas palabras de admiración y esas pinceladas de su vida en la cual tuviste participación. Él sigue recordando su amado trabajo El Pueblo. En sus momentos de lucidez te aseguro que puede recordarte. Eso si su gran corazón esta presente en todo momento seamos quien seamos cuando estamos frente a él. Gracias nuevamente.