lunes, 9 de noviembre de 2009

La casualidad derribó el Muro

Una conferencia de prensa
encendió la mecha que arrasó con
28 años de un Berlín dividido



Una casualidad fue la partera de la historia, por lo menos en lo que toca a la caída del muro de Berlín, aquella construcción de 156 kilómetros de largo, que partió en dos a la capital alemana y costó la vida a unas 1,300 personas en sus 28 años de existencia.

En su libro El muro de Berlín, el historiador Thomas Flemming, recuerda aquel 9 de noviembre de 1989.

“La historia pocas veces se ha escrito por una casualidad”, dice y relata lo ocurrido la tarde de aquel día cuando Gunter Schaboswski, vocero del Politburó de la República Democrática Alemana (RDA), ofrecía una conferencia de prensa en Berlín Este, que era trasmitida en directo por la televisión.

El día anterior el Politburó del Partido Socialista Unificado (SED) había dimitido y Schabowski iba a informar sobre el acontecimiento.

A las 6 y 53 de la tarde, un periodista hizo una pregunta y Schaboswski extrajo un papel de su bolsillo, que minutos antes le había entregado Ergon Krenz, sucesor de Honecker, anterior presidente del Politburó.


Gunter Schaboswski leyó un papel que a él mismo lo sorprendió


Entonces, Schaboswski leyó: “Los viajes privados al extranjero pueden ser realizados sin ser necesario presentar o solicitar condiciones para ello motivos justificados o causas familiares. Los permisos se otorgarán en poco tiempo. Las competencias correspondientes –Schaboswski levantó la vista– las oficinas de la policía tienen que otorgar las visas con prontitud y sin que sea necesario para ello cumplir condiciones especiales”.

Los periodistas están sorprendidos. ¿Qué significa “viajes privados”?, “¿sin motivos justificados?”, “¿permisos en corto tiempo?”.

Flemming dice que al mismo Schaboswski “le cuesta trabajo entender lo que acaba de leer”.

Un periodista pregunta si “esto también es válido para el Berlín Oeste” y “Schaboswski se encoge de hombros, rebusca entre sus papeles y responde inseguro: “Por consiguiente… sí, sí”. Y prosigue la lectura: “La posibilidad de viajar se puede realizar desde cualquier frontera de la RDA o desde Berlín Oeste”.

Cuando otro periodista pregunta desde cuándo entraba en vigor la medida, Schaboswski responde: “Según tengo entendido… entra en vigor inmediatamente”.

Dos oficiales conversan en una esquina, mientras un guardia, arrimado a la pared, espera la oportunidad de huir del Este, y (abajo) se lanza a la carrera y lo logra, según lo testimonian estas fotos de Peter Leibning




El telediario de las ocho de la noche de la RDA lanza la información: “La RDA abre la frontera”.

Media hora más tarde, grupos de personas cada vez más numerosos exigían en los pasos fronterizos, pasar al otro lado y los guardias se ponían cada vez más nerviosos.

En el norteamericano Checkpoint Charlie había a las 11 de la noche miles de personas a ambos lados de la frontera. El comandante de la zona Este ordenó cerrar la vía. Una hora más tarde la abre presionado por la gente que gritaba en un lado “déjanos entrar” y el lado opuesto “déjanos salir”.

Una caravana de coches y personas comienza a cruzar la frontera


Dos minutos después de la medianoche, todos los puestos fronterizos estaban abiertos y una caravana de coches Trabis y Wartburgs, fabricados en Alemania Oriental, formaban una cola de más de un kilómetro y entraban en Berlín Occidental lentamente, entre una espectacular algarabía.

Los berlineses occidentales recibían con abrazos a los del Este y a no fueron pocos los que atravesaron la frontera para curiosear al otro lado del muro.

La repartición del Muro

En mi libro Un cholo descubre Europa, que entrará en prensa próximamente, dedico unas páginas al muro que conocí en 2003, parte de las cuales me place reproducir aquí:

Parte del muro en el crucero de Wilhemstrasse y Niederkirscherstrasse, guardan los restos de instalaciones militares de vigilancia, donde se exhiben escombros (abajo) de lo que fue el muro



Después de su caída comenzaron a repartirse los trozos del muro por distintas partes del mundo en enero de 1990. El acto más significativo fue la subasta que tuvo lugar en Montecarlo, Mónaco, en un elegante salón del hotel Metropole Palace, donde se reunieron magnates de diversos países atraídos por una convocatoria ineludible: Se remataba en trozos el muro de Berlín.

Esa soleada tarde de junio, entre bromas, sonrisas y propuestas se remataron al mejor postor 81 trozos del muro de diversos tamaños correspondientes a los más variados sectores. El rematador puso una suma base de 50 mil francos.

El mayor precio por un segmento del muro fue pagado por Jaguba Rizolli, millonaria esposa de un editor italiano, quien entregó 27 mil dólares por una parte de la pared cuyo costo original fue de 359 marcos (unos 175 euros de hoy) y que iría a adornar un jardín de su casa.

En la misma cita, un empresario de Zurich adquirió once trozos del muro por un millón de francos. En total se vendieron pedazos del muro por 1.8 millones de marcos, unos 900 mil euros de la actualidad, que iban a ser empleados, de acuerdo con la empresa Lelé Berlín Wall Verkaufs GMBH, en reforzar la seguridad social de la gente de la antigua RDA.

Los historiadores consideran que se pagaron muy buenos precios ya que el muro, después de todo, sólo era una pared pintada, vallas y restos de torres de vigilancia, que para su exportación tenían sólo la clasificación de “escombros”.

Delante y detrás del Checkpoint Charles, había una multitud que pugnaba por atravesar la línea fronteriza la medianoche del 9 de noviembre de 1989


De todos modos, se juzga que el dinero que proporcionó el muro tuvo buenos fines. Hicieron negocios redondos tanto los grandes adquirentes como los “pájaros carpinteros” que extrajeron a golpes de combas y cinceles, pequeños trozos del muro que vendían a los turistas.

Una buena porción del muro fue desmenuzada, vendida a 20 marcos la tonelada y utilizada como desmonte para la construcción de carreteras en la Alemania del Este.

Los presidentes norteamericanos Ronald Reagan y George Bush, padre, recibieron como obsequio pedazos del muro. Otro fragmento fue depositado en la Biblioteca John F. Kennedy en Boston. La Central de Inteligencia Norteamericana (CIA) también consiguió un trozo y lo exhibe como reliquia en su cuartel general.

Otro gran trozo del muro, de unos cuatro metros de alto por dos de ancho, colorido por los grafitis con que los jóvenes berlineses occidentales lo adornaron como señales de protesta, se encuentra en los jardines del edificio de cristal del Parlamento Europeo, en Bruselas, Bélgica. Es quizá el más grande pedazo de la pared que se halla fuera de Alemania.

Una novia solo puede recibir de lejos las felicitaciones de sus padres

De lo que fue el muro de Berlín hoy solo quedan intactos aquellos cien metros del muro conmemorativo, el Checkpoint Charlie, que es hoy el punto de unión entre los barrios de Mitte y Kreuzberg, una torre de observación y una línea de adoquines de piedra oscurecidos por el paso del tiempo que señala a través de 7.5 kilómetros la trayectoria de la pared que dividió una ciudad durante 28 años.

Así, el muro que iba a durar cien años no duró tanto y su caída fue un anuncio de la disolución de la Unión Soviética, y como señala Timothy Garton Ash, estudioso de Oxford, “en 1989, los europeos propusieron un nuevo modelo de revolución no violenta, de terciopelo, que puso en tela de juicio el ejemplo violento de 1789, que durante dos siglos había sido a lo que la mayoría de la gente se refería al decir "revolución". En vez de jacobinos y guillotinas, ofrecieron a la gente poder y negociaciones en una mesa redonda”.

La violencia, esa vez, no fue la partera de la historia.


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