lunes, 1 de noviembre de 2010

Coronas de Todos los Santos

La tradición vive y se convierte
en producto de exportación



La fiesta de Todos los Santos mantiene aún felizmente, su sabor tradicional en la ciudad de Arequipa, mil kilómetros al sur de Lima, cuyos habitantes, renuevan en esta fecha la costumbre de llevar al cementerio una corona de flores de papel que será más duradera que las flores naturales.

Las coloridas coronas de papel que rinden homenaje a los difuntos han atraído a compradores de los vecinos Bolivia y Chile que llegan a Arequipa con el exclusivo afán de comercializar ese producto artesanal que a despecho del correr de los años no ha perdido su frescura y su vigencia.

Según la agencia estatal de noticias Andina y la prensa de Arequipa, las coronas de papel son un producto de exportación como lo han demostrado los visitantes chilenos y bolivianos que adquieren cantidades de esas obras para comercializarlas en sus países.

Tradición que vive con todo su esplendor

La artesana Angélica Gutiérrez Jordán, representante de la Asociación de Artesanos Tradicionales de Arequipa, ha declarado que “viene gente de Chile y Bolivia y se lleva siete o más docenas de coronas de papel. También tenemos compradores de provincias de Arequipa y de otras regiones del sur”.

Cada corona se vende a precios fluctuantes entre diez y 15 soles (entre tres y cinco dólares aproximadamente). Las más caras son las mejor elaboradas con materiales especiales.

La antigua tradición, según parece, no ha variado desde cuando el autor de esta nota era un niño y veía trabajar a su madre, en la confección de esas coronas de flores artificiales que era, según veo, una ocupación de temporada, que no duraba más de tres o cuatro semanas antes de Todos los Santos.

Primero había que hacer un aro de alambre forrado con papel crepé o cometa, de determinados colores, al cual se unían hojas y flores. Recuerdo que mi madre tenía tal destreza que con la presión de los dedos cobre el papel crepé, tenía armadas en pocos minutos una colección de rosas cuyos pecíolos de alambre eran adecuadamente unidos a aquel aro de alambre, que poco a poco cobraba la forma de una elegante corona.

Si se trataba de coronas sencillas, quedaban terminadas luego de que se unieran al aro de alambre, hojas y flores de colores solemnes, morados o concho de vino combinados con decoraciones blancas o negras para mantener el carácter de recuerdo doloroso.

Había personas que deseaban algo especial y, entonces, mi madre ponía a calentar cera en un depósito y cuando el material se encontraba hirviendo, hundía en él hojas de papel verde o rosas y claveles.

Al secarse, las hojas y las flores adquirían una consistencia muy especial y un brillo que prometía su permanencia durante semanas o meses en las tumbas a las que estaban destinadas. Eran las coronas especiales que también tenían un precio especial.

No he sabido que en esta ocasión se hicieran esas coronas y flores especiales sumergidas en cera hirviente.

El redactor de un diario de Arequipa solo dice que “las coronas de papel crepé, sedita cometa y platino se comercializan entre tres, 12 y 15 nuevos soles, mientras que las flores de tela confeccionadas en napa, raso y poliseda se venden entre diez y 35 nuevos soles”.

Mi madre también aplicaba también imágenes impresas de las Vírgenes de Chapi, del Carmen, de la Inmaculada o del Corazón de Jesús, o del Niño Jesús, según el pedido de los clientes que querían llevar a la tumba de su familiar la imagen del santo a quien debían devoción.

La prensa también informa que hay dos asociaciones de artesanos instaladas en el estadio Melgar, “cuyos socios desde hace más de 50 años venden productos artesanales durante esta temporada y en Navidad”.

¡Qué bueno que la tradición no desaparezca y por el contrario, haya convertido a Arequipa en una fuente de esa producción artesanal que, por lo visto y leído sobre esas flores de papel y tela, no se cultiva en países vecinos!


Luis Eduardo Podestá

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