domingo, 30 de marzo de 2008

¡Tantas veces Alan!

Primero fue el pacto no tan olvidado del APRA con Manuel Prado, el gobernante que persiguió apristas, los encarceló y mandó al exilio. Alrededor de una década más tarde se amarraron con Manuel Apolinar Odría, el dictador militar que no tuvo ningún reparo en repetir las medidas de Prado, pero con mayor dureza y duración.

Más tarde en 1985 llegó el Alan García, joven y recio gobernante que prometía el futuro diferente que, efectivamente, fue diferente para todos. Consiguió el récord Guiness a la hiperinflación mundial de todos los tiempos, se comió los ahorros de todos los peruanos y nos convirtió en los pobres millonarios de todos los tiempos, que volvieron a formar colas por una botella de aceite todas las madrugadas del tiempo que le tocó gobernar.

Y luego de su desastroso gobierno no tuvo mejor idea que lanzar la consigna electoral que todos los apristas acataron, de apoyar a Fujimori, quien resultó no solo dictador sino el presidente del gobierno más corrupto y violador de los derechos humanos de nuestra historia. Hay que tenerlo en cuenta. El mal menor llamado García fue el responsable de los diez años de fujimorismo.

Hoy, Alan García, el mal menor por quien votamos porque era el único de los dos candidatos del 2005 que haría cualquier cosa menos ofender a la democracia, viene de China con el cerebro lavado por su presidente Hu Jintao, a quien ha invitado y tendremos en nuestras calles en noviembre próximo.




García y el presidente Hu Jintao hacen tratos


Una democracia como el Perú respalda ahora por la boca y las acciones de su presidente de todos los peruanos a la peor dictadura del mundo actual, que se zurra en los derechos humanos, trata de eliminar la cultura milenaria de los tibetanos, que reclaman no su independencia sino únicamente mayor autonomía, que mantiene desde décadas atrás una población de esclavos que produce por salarios de mínimos los artículos de peor calidad que circulan por todos los países, que se niega a firmar todos los convenios y pactos en defensa de la naturaleza en una Tierra que ya experimenta los estertores de su agonía.


Tampoco hay que olvidar que la China a la cual Alan García acaba de entregar el Perú, es la misma de la plaza de Tiananmen de 1989 y de la revolución cultural de 1966, que marcó el sendero para toda clase de atropellos, crímenes y abusos cometidos en nombre de la revolución comunista y permitidos por el gobierno chino.

Y finalmente, no hay que olvidar que los sanguinarios seguidores de Sendero Luminoso, que causaron la peor tragedia de la historia peruana, se inspiraron en el pensamiento maoísta y en las acciones que no respetaban población civil ni inocentes en su locura genocida por alcanzar el poder, lo que felizmente aquí no ocurrió.

A esa China el presidente Alan García le está vendiendo el Perú por un plato de lentejas.


(Foto Somos)

jueves, 20 de marzo de 2008

La Pasión según los peruanos

Un largo fin de semana que para algunos comenzó el miércoles en la tarde y para otros el jueves santo, marca la evocación de la Pasión y Muerte de Cristo, en miles de iglesias de todo el territorio peruano y en las calles y cerros de los pueblos periféricos de todas las ciudades.



Procesiones 'oficiales' salen de los grandes templos



Así, no solo son las iglesias las que evocan en medio de solemne liturgia la Pasión de Cristo en medio de la tradición secular con obispos vestidos a la usanza de Roma.
Fuera de los templos, en los cerros de los pueblos en formación, la devoción por la Pasión y su identificación con los padecimientos del Salvador, llevan a los devotos a escenificar los pasos del sacrificio, con todos sus detalles.




Un sermón de la montaña desde el cerro



Enormes caravanas siguen a los protagonistas de la Pasión, artistas voluntarios que se preparan durante todo el año para interpretar con la máxima fidelidad posible las escenas en que era torturado el Señor.


Artesanos, desocupados, amas de casa, estudiantes y cualquier persona que se sienta capaz de un acto de contrición –a veces por pagar pecados del pasado– o simplemente en cumplimiento de una promesa que exigirá dolor y sacrificio cercanos a la muerte, como son latigazos, corona de espinas y una crucifixión que no pocas veces ha exigido la sangre del devoto que personifica a Cristo, se ofrecen para este nuevo holocausto.




Un Cristo voluntario camino a su propio Gólgota



Aunque los ritos oficiales se inician el domingo de ramos, los fieles sienten el impacto de la Semana Santa entre jueves y viernes y los viven de distinta manera de acuerdo a las distintas regiones del país

El cerro de San Cristóbal, es el desafío para los pobres Cristos de Lima que, este año se quejaron de la falta de apoyo de la Municipalidad Metropolitana que los obligará a pagar una cuota fuera del alcance de sus bolsillos, para recorrer las calles del distrito del Rímac.





Martirizado Cristo recibe el consuelo de su madre



Los Cristos y sus soldados romanos, sus Juanes Cirineos, sus Vírgenes Marías y Marías Magdalenas, avanzarán nuevamente por las laderas del cerro emblemático de la capital peruana hasta la cumbre. Antes era una trocha abierta en la ladera, ahora es una carretera asfaltada, donde las rodillas de los mártires de este Gólgota revivido, sentirán a cada caída la quemante punzada del pavimento ardiente bajo el sol del verano.




Una ardiente pista precede la cumbre del San Cristóbal



Y en la cumbre, al pie de la cruz serán una vez más crucificados, algunos Cristos con experiencia de años, otros por primera vez. Todo depende de la elección de sus comunidades y de la forma en que ellos, hayan demostrado que pueden representar al mártir en este criollo ambiente.

El “Judas” quemado

En Arequipa, los fieles acompañarán al Santo Sepulcro, donde yace Cristo en una urna de cristal, por las calles del centro. Estarán vestidos con largas túnicas negras y capuchas, que a los visitantes extraños los transportará a la vieja España, en cuyas ciudades salen los encapuchados a rendir su homenaje a la Pasión de Cristo.

La semana terminará con una misa del gallo, alrededor de las cuatro de la mañana, en las iglesias de Caima, Yanahuara, Characato, Sabandía y en todas los templos de los distritos campesinos, al final de la cual, será ahorcado y quemado en castigo a sus culpas el “Judas traidor”, hecho un muñeco de trapos con una máscara en la que algunos mal pensados verán la cara de alguna autoridad que no ha cumplido sus promesas.

“Judas” tendrá la posibilidad de leer su testamento, que no solo contendrá donaciones irregulares como una vaca para el Vaso de Leche, un plato de zarza de criadillas de toro para el prefecto que no logró poner orden en una ciudad alterada por disturbios, en fin… El testamento de Judas también contendrá recomendaciones a las autoridades de todo nivel para que enmienden sus malas acciones y recuerden sus promesas.

La ceremonia se desarrollará ante un auditorio que llena las plazas y grita de contento y celebra con carcajadas con cada ironía del autor del libreto. Y luego, ahorcado y quemado Judas, todos se irán a los restaurantes de las cercanías donde los esperará un caliente adobo de cerdo, una o varias copas de anisado y toda la fiesta por delante hasta terminar el domingo de resurrección.


Desde las 33 iglesias

Ayacucho verá pasar por sus calles desde y hacia sus 33 iglesias, adonde se volcará gran parte de sus 150 mil habitantes para la Vía Crucis que tendrá lugar todos los días de la semana, una gigantesca procesión que comenzará con la salida de San Juan Bautista desde el templo del mismo nombre y en el distrito del mismo nombre.

También verá el visitante toda la devota emoción con que los fieles, una vela en la mano, mujeres por un lado y hombres por el otro, acompañarán a las procesiones del Señor de la Agonía y de la Virgen Dolorosa.

En general, cada pueblo del Perú, se volcará esta semana a las iglesias, a seguir las “estaciones” donde con un rezo seguirán los pasos que Cristo sufrió en su camino al Gólgota, rendir un homenaje a esta evocación con que la cristiandad rinde homenaje una vez más a quien siendo hombre y Dios redimió a la humanidad de sus pecados.

jueves, 13 de marzo de 2008

cuatro frescas (I)

* No existió ni existe el grupo Colina, no existieron los muertos de la Cantuta ni Barrios Altos, y finalmente tampoco existo yo… (Maritin Chivas)







* El burro es un pésimo político. Tiene vara pero no tiene influencia.
(Marcelo Martínez en Mistinoticias)







* En política, los burros que caminan en dos pies son los que más rebuznan (Marcelo Martínez, Asnología en Mistinoticias)







* Todos los que están en este juicio mienten… ¡¡¡Soy inocente!!! (Arberto)

jueves, 28 de febrero de 2008

El “mellizo” de Mario Vargas Llosa

La dama inglesa Miss Pitcher era en la década de los años 30 del siglo pasado, la más cotizada partera de Arequipa, porque como toda profesional responsable acudía adonde era llamada, sin horario ni consideraciones de feriados o domingos para atender a las damas en trance de ser madres de las mejores familias, como se decía entonces y también hoy.

Aquel domingo 28 de marzo de 1936 fue llamada de urgencia en horas de la madrugada, y Miss Pitcher acudió al hogar de don Pedro Llosa, en el Bulevard Parra 101, cuya hija Dora Llosa Ureta, estaba a punto de dar a luz, lo que se produjo como estaba previsto, a las cuatro de la mañana cuando nació un niño a quien pondrían por nombre Jorge Mario Pedro y quien más tarde se convertiría en el escritor de habla hispana más conocido del mundo actual como Mario Vargas Llosa.




Los "mellizos" de esta historia: Carlos Meneses Cornejo y Mario Vargas Llosa


Pero allí no terminó la tarea de Miss Pitcher aquella mañana. Otro parto se produciría en la casa de la calle Melgar 213, donde la nieta del patriarca Andrés Meneses del Pino, doña Adela Meneses de Meneses-Cornejo, esposa de don Augusto Meneses-Cornejo, estaba a punto de traer al mundo a su segundo hijo, que sería bautizado con el nombre de José Carlos.

Así, el conocido y respetado periodista Carlos Meneses Cornejo, cuyo verdadero nombre debiera ser José Carlos Meneses-Cornejo Meneses, que junto a Mario Vargas Llosa, cumplirá 72 años en marzo próximo, se convirtió por obra y manos de Miss Pitcher en el “mellizo” del escritor, ambos traídos al mundo por la misma partera, con una escasa diferencia de horas en la misma ciudad blanca.

Ya famoso escritor uno y respetado periodista el otro, se encontraron algunas veces y se reconocieron pero Carlos Meneses confiesa que nunca tuvo la ocasión de hacerle una entrevista a su mellizo, quien le hizo prometer, sin embargo, que esa cita se produciría al pie de un locro de pecho de vaca arequipeña, hecho con papas negras de Chiguata, que se serviría en la casa de Melgar 213.

Hasta ahora no ha llegado esa ocasión.



Jale a los 70 años


Carlos Meneses, veterano hombre de prensa que hoy dirige el decano diario El Pueblo, comenta entre risas que Mario Vargas Llosa “se chupó toda la inteligencia asignada por la Providencia a los nacidos esa mañana de domingo”. Y se enorgullece también de “haber sido un jale periodístico, a los 70, hace dos años, cuando la mayoría de los seres humanos están al cuidado de sus hijos, como reliquias familiares”.

Aquella mañana del nacimiento de los “mellizos”, Miss Pitcher, debió hacer a pie –porque entonces había solo una decena de taxis en Arequipa que se guardaban hasta que saliera el sol– el recorrido de trece cuadras, entre la casa de la familia Llosa Ureta y la de los Meneses, en medio de una madrugada solitaria para atender el segundo parto.




La casa de Bulevard Parra 101 en cuyo segundo piso nació Vargas Llosa



La casa de Bulevard Parra 101 se mantiene aparentemente como fue en el nacimiento del escritor. Mario nació en el segundo piso que la familia Llosa tenía alquilado a Manuel Aurelio Vinelli, quien vivía con su familia en el primer piso. Vinelli era un químico farmacéutico que algunos años antes fundó la reconocidísima Botica Cosmos con sede en la primera cuadra de la calle Puente Bolognesi, a media cuadra de la Plaza de Armas y donde los boticarios preparaban las recetas médicas, mezclando sustancias químicas sólidas y líquidas ante la vista del paciente.

Por lo demás, Vinelli tenía en el sótano de la misma casa, un depósito de agua mineral Socosani, llamada así hasta ahora, por el lugar donde es envasada, en el distrito de Yura, fuente de milagrosas aguas termales al norte de la ciudad.



Un "inglés" en la redacción


Por el otro lado, en la calle Melgar, –cuya denominación recuerda al poeta revolucionario nacido en Arequipa el 10 de agosto de 1790 y fusilado por las fuerzas españolas en Umachiri el 12 de marzo de 1815, cuando aún no había cumplido los 25 años–, las cosas se hallan, luego de muchos cuidados y estricto mantenimiento, como fue el día en que la señora Adela dio a luz a Carlos.

Un soldadito napoleónico de bronce de 27 centímetros de estatura sirve de llamador en el centro de la amplia puerta de fuerte madera de dos hojas. Ahora está cerrada y el visitante tiene que golpear con el soldadito para que le den acceso, pero en otros tiempos más felices y tranquilos, cuenta Carlos, “se mantenía abierta de par en par de siete de la mañana a siete de la noche”.





La casona de Melgar 213 donde vio la luz Carlos Meneses



Luego de trasponer el umbral, uno se encuentra en un amplio zaguán, cuya área pudo haber servido en la antigüedad para guardar uno o dos carruajes y hoy cómodamente un automóvil.

El zaguán remata en un patio principal, de unos cien metros cuadrados, pavimentado con piedra laja y sillar blanco en una de cuyas esquinas se abre un callejón que da a un segundo patio, donde la más vieja de las tres higueras que lo reverdecen, es la única que da frutos, higos blancos, a despecho de sus más de cien años de edad.

Carlos Meneses describe con entusiasmo su casita: “El tercer patio es el de servicio y es más chico que los anteriores y en el cuarto, anidan gallinas ponedoras”.

Como se ve, la casita de la familia Meneses Cornejo solo tiene 1,200 metros cuadrados y sirvió de hogar al periodista y a sus dos hermanas, Rosa Adela del Carmen, la mayor y Carmen Elena, la menor.




Carlos Meneses en su despacho de director del diario El Pueblo



Carlos Meneses se ganó el apodo de “el inglés” cuando trabajábamos en el recién fundado diario Correo, en la quinta cuadra de la calle La Merced, a unos cien metros de donde nació Mario Vargas Llosa.

El director de la cadena de diarios Correo, el legendario Raúl Villarán Pasquel, lo vio una noche enfundado en su largo abrigo de color vicuña, con una gorra casi caída sobre la frente y una bufanda blanca en el cuello, que le dejaba solo parte de la cara al descubierto.

Entonces me preguntó: “Y ese inglés, ¿qué hace aquí?”.

Le respondí sonriente: “Don Raúl, ese inglés es nuestro redactor principal”.

Desde entonces la chapa de “el inglés” lo persiguió sin que a él le desagradara. Pero entonces nadie pudo imaginarse que el apodo de Raúl Villarán, fue una suerte de adivinación, porque “el inglés” había sido traído al mundo por una partera inglesa, Miss Pitcher, la más cotizada de las comadronas que en aquella época era convocada por las damas mistianas a punto de ser madres y a quien los anales médicos no mencionan ni de pasada, porque –digámoslo de una vez–, trabajaba al margen de las autorizaciones oficiales.

Las fotos fueron tomadas por Álvaro Podestá Cuadros, director de "El Gallito"

martes, 5 de febrero de 2008

La rebelión olvidada

Hace 33 años se produjo una de las grandes convulsiones del siglo pasado en la ciudad de Lima. Extraña que alrededor de ella se haya echado hoy un manto de silencio.


La noche anterior había llegado de Arequipa, donde pasé mis vacaciones y ese día, martes 5, debía reintegrarme a mi trabajo en el diario Correo.

Mi hora de entrada eran las 10 de la mañana y a las 9.30 estaba en un paradero de la avenida Alcázar para abordar el ómnibus o microbús que me llevara a la avenida Garcilaso de la Vega donde se hallaban las sedes de los diarios Correo y Ojo. Normalmente tardaba entre 10 y 15 minutos en el viaje.


Me detuve a mirar las portadas de los periódicos en un quiosco situado frente al paradero. No vi nada extraordinario, pero noté la curiosidad de las personas que hacían lo mismo. Una de ellas exclamó de pronto: ¡Hace dos días que los tombos están de huelga y estos mierdas no dicen una palabra!


Los tombos eran, si no lo sabe, los policías y los mierdas los periódicos que no publicaban una letra. Eran tiempos difíciles para el periodismo libre. La prensa en su totalidad estaba amordazada por el régimen del general Juan Velasco. La gente decía de los periódicos que estaban ‘parametrados’, ya que uno de los ideólogos del movimiento militar que gobernaba el Perú había dicho antes que “se permitía la libertad de prensa dentro de los parámetros” que lo permitieran los fines de la revolución.


Así, pues, cuando se produjo una huelga policial en reclamo de mejores haberes, la prensa en general, en acatamiento de aquel parametraje guardó silencio pues cualquier información podía dañar los fines de la revolución velasquista.



Las turbas de exaltados se diseminaron por toda la ciudad





Mal que bien, pude abordar un ómnibus y supuse que el comentario del anónimo lector había sido una exageración. Una huelga de policías con las consecuencias que ello pudiera acarrear no podía silenciarse. ¿O sí?


Cuando llegué al centro de Lima, al crucero de las avenidas Tacna y La Colmena, había una descomunal congestión vehicular, a tal extremo que preferí bajar del ómnibus y hacer a pie las cuatro cuadras que faltaban.


Óscar Cuya Ramos, el jefe de informaciones, hoy desaparecido, me vio llegar y casi dio un grito de emoción:


–¿Vas a trabajar?


–Claro, para eso estoy aquí.


–Creí que seguías de vacaciones.


Tomó el teléfono, llamó a fotografía y ordenó que un fotógrafo me esperara en la camioneta, que ya estaba lista para salir. Con el mismo tono emocionado, corre, hermano, hay un tiroteo en Radiopatrulla.


Radiopatrulla está en el distrito de la Victoria y era uno de los cuarteles más grandes de la desaparecida Guardia Civil, rama uniformada de la Policía que, con las otras dos fuerzas policiales, la ex Guardia Republicana y la Policía de Investigaciones, formar lo que hoy es la Policía Nacional del Perú.

Intervienen los tanques



En el camino, el fotógrafo Revilla me iba enterando de lo que había ocurrido. Una huelga policial estaba a punto de ser sofocada esa mañana por tropas de la división blindada del ejército, que empleó sus tanques para derribar las puertas de Radiopatrulla, pasar por encima de los coches patrulleros estacionados en el patio principal y ametrallar a los policías que les hacían frente con sus armas cortas.




Una tanqueta del ejército patrulla la avenida Emancipación. En la vereda hay un muerto y un herido que se desangra







Hasta las aproximadamente 10.15 de la mañana, cuando nos acercábamos a Radiopatrulla se escuchaban tiroteos en las zonas adyacentes de esa dependencia.


Al llegar a la plaza Manco Cápac, a unas ocho cuadras del cuartel de Radiopatrulla, grupos de manifestantes lanzaban consignas amenazadoras. “¡Abajo la dictadura!”, “¡Viva la Guardia Civil!”.




Cuando vieron la camioneta del periódico donde yo estaba con el fotógrafo, vinieron hacia nosotros. Me di cuenta de que era un vehículo peligroso. Era un jeep con todo el color y la apariencia de un vehículo militar. Bajé del coche y esgrimí mi libreta de apuntes. ¡Periodistas, periodistas!, grité sin mucha fe porque sabía que abundaba la gente a la que le gustaría hacernos pasar un mal rato.


Felizmente, alguien entre los exaltados entró en razón y gritó, déjenlos tranquilos, ellos no tienen la culpa. Al parecer distinguía entre los trabajadores de la prensa que éramos nosotros, los que hacíamos calle, y los dueños y directores, inclinados hacia el gobierno militar.


El chofer Palomares, quien vivía en el puerto del Callao, me dijo que se iba a llevar el vehículo porque si lo veían en cualquier sitio del centro eran capaces de quemarlo. Le hice una señal de asentimiento y nos encaminamos, el fotógrafo y yo, hacia donde parecía librarse una batalla interminable.





Un saqueador






Un piquete de soldados en la avenida 28 de julio a dos cuadras de la plaza Manco Cápac nos impidió el paso. Fingimos acatar sus órdenes. Revilla me dijo que se iba por su cuenta, y luego de separarnos, yo tomé una calle lateral para acercarme, luego de dar un rodeo, a un bloque de viviendas cercano a donde se libraba el tiroteo.



Al parecer, unos policías habían logrado escapar de la arremetida militar y hostilizaban a los soldados desde distintos lugares elevados, ocultos en edificios y casas de las inmediaciones de Radiopatrulla. En un momento, luego de acercarme para ver qué ocurría, debí lanzarme al suelo de un jardín, junto a otras personas que formaban pequeños grupos de curiosos, porque los soldados comenzaron a disparar ráfagas de ametralladoras en nuestra dirección.


Uno de mis ocasionales acompañantes, al parecer vecino del barrio, comenzó a contarme lo que había visto.


“En la madrugada han atacado con todo a los tombos”, dijo, “y debe haber muchos muertos. Les han dado sin compasión después que los tanques entraron destrozando las puertas. Los tanques han comenzado a disparar desde lejos, hermano. Mira las huellas que han dejado los cañonazos en los torreones”.



Miré y en efecto, aparecían huellas de los impactos en la masa gris de los torreones, desde donde, me contó el desconocido, habían querido parar a los tanques con disparos de fusiles, metralletas y pistolas, que no llegaban a arañar el blindaje de las máquinas del ejército.


Unas dos horas más tarde, soldados con el fusil en ristre, comenzaron a ahuyentar a los curiosos. Me cuidé de ocultar mi libreta de apuntes.


Dos horas más tarde, buscaba al fotógrafo Revilla por todo lado y al no encontrarlo emprendí el regreso, grabando en mi memoria todo lo que había visto. No había ningún vehículo de servicio público en ninguna calle. Cuando abandoné mi posición de observador en el jardín de esa casa cerca de Radiopatrulla, creí que avanzando un poco hacia el centro, podría encontrar un carro que me llevara cerca de mi periódico.


En la plaza Manco Cápac me senté en un banco para descansar, anotar lo que podía escaparse de la memoria y reemprendí el camino.


Caminé por la avenida 28 de julio y sudoroso, bajo el tórrido mediodía de verano, doblé por Garcilaso de la Vega y entonces percibí con toda claridad el estampido de disparos de fusil.


Al llegar a la avenida España, comprobé que los disparos provenían de la cuadra donde se encontraba Correo. Me oculté detrás de un poste de hierro. Había algunas personas cerca que me aconsejaban tirarme al suelo como ellas. Seguí caminando de poste en poste por la acera opuesta. Entonces vi una enorme columna de humo negro. No lograba acertar de dónde provenía.

Querían quemar todo

Un hombre que estaba tendido cerca del poste desde donde yo trataba de localizar el origen del humo, me dijo es el casino de policía – que quedaba justamente frente al local del periódico – y otro le dijo no, el fuego es en el Centro Cívico.



Seguí trotando, me ocultaba en los huecos de las puertas y detrás de los postes. De pronto los disparos cesaron. De donde no supe jamás, salieron decenas de personas que gritaban lemas contra la dictadura, se agruparon para marchar en alguna dirección que no me interesaba. Yo quería llegar a mi periódico a escribir lo que había visto aunque no fuera publicado.


Cuando llegué a la puerta principal estaba cerrada. Me dije debo ir por la puerta posterior, que daba a la entonces callecita Jacinto López, angosta y descuidada, por donde salían los vehículos del periódico. En la esquina de Garcilaso y Bolivia, habían destrozado una enorme ventanal del centro cívico y del interior sacaban muebles, cuadros, papeles, todo cuanto pudiera servir para armar una fogata, que ardió un minuto más tarde en medio de la calle.


Pero yo quería llegar a mi periódico. Y al llegar mi sorpresa no tuvo límites. Por la puerta de salida de vehículos los trabajadores sacaban muebles, archivadores metálicos, escritorios, todo lo que podían salvar. Me acerqué más y me introduje en un caos espectacular. En medio del patio de cemento estaban amontonados los muebles que podían salvarse. Una sección del local, construida de material prefabricado, donde había algunas oficinas y el comedor, ardía como una antorcha alimentada con gasolina.


Con alguien que me dijo que lo ayudara, sacamos a un canchón de la calle Jacinto López, el archivador que queríamos salvar. El canchón que daba alojamiento a los enseres del periódico pertenecía a Sinamos, el odiado organismo que trataba de llevar adelante la movilización social que el gobierno quería implantar al estilo de la soplonería cubana de cada cuadra y que se había infiltrado en todos los organismos estatales con el pretexto de realizar la obra social y de desarrollo que el gobierno proyectaba.


Allí dejamos el archivador metálico que habíamos salvado. El edificio entero, desaparecida bajo cenizas la sección prefabricada, ardía en ese mediodía trágico, cuyas columnas de humo se sumaban a otras que en varios sitios de la ciudad, anunciaban que la cólera popular se había ensañado con edificios estatales y a veces con lo que no debía, por ejemplo, el edificio del ministerio de Educación, de cuyo vestíbulo desapareció una de las famosas pinturas de Teodoro Núñez Ureta.


Como era normal en un régimen de fuerza, bajo un estado de sitio y toque de queda, se dio una represión indiscriminada, cruel y desproporcionada que quizá quiso sentar un escarmiento y abatió a balazos a saqueadores e inocentes durante tres días.


Como a las tres de la tarde de aquel 5 de febrero, Hugo Neira, intelectual nombrado director de Correo por la dictadura, hoy director de la Biblioteca Nacional, nos dijo a quienes estábamos reunidos en el patio observando las cenizas humeantes: “No crean que el gobierno va a venir en auxilio por esta pérdida. Hay otros muchos asuntos más graves que el gobierno tiene que atender”.


No debíamos hacernos ilusiones.


Recuerdo aquel 5 de febrero porque fue una fecha aciaga en medio de una dictadura incapaz de dialogar, y porque es deseable que no vuelva a producirse jamás algo igual.

Cambio de guardia


La revista Caretas, en la introducción de un artículo escrito por Enrique Zileri Gibson, dijo de aquel acontecimiento:

“Esta semana, en la que invasiones de tierras promovidas por elementos del propio gobierno han generado conatos de violencia masiva, coincide con el `Limazo' de 1975 -esa orgía de vandalismo y saqueo desaforado que demostró que las grandes ciudades de países como el Perú, en las que el bienestar y la miseria contrastan dramáticamente, la química social es inestable y el estallido siempre posible si se juega irresponsablemente con las ilusiones legítimas de la gente”.



El 29 de agosto de aquel año, el general Francisco Morales Bermúdez, remplazó a Juan Velasco, mediante un pronunciamiento militar desde la ciudad de Tacna, al extremo sur del Perú. La dictadura militar iniciada en 1968 duraría cinco años más. Si la huelga policial fue uno de los detonantes del golpe de estado de Morales Bermúdez contra su camarada de armas Juan Velasco, es un asunto sobre el que no se han puesto de acuerdo los historiadores.

Sí coinciden en que las cifras de muertos de aquel 5 de febrero superaron las cien víctimas y más de mil heridos, y que como jamás en la historia de la capital peruana, se produjo un saqueo de tales dimensiones, que dio lugar a una sangrienta represión de las fuerzas armadas, el establecimiento de toques de queda que angustiaban a la población y mantenimiento de un estado de emergencia según el cual, ningún ciudadano tenía garantías para vivir y desempeñarse en la sociedad.


Los periódicos se conquistaron la animadversión de los lectores, porque un hecho de tanta trascendencia, nunca debió ser silenciado. Motivos m.as que suficientes para reflexionar sobre las dictaduras y sus efectos.




(Las fotos han sido tomadas de la revista Caretas, edición de la época)

sábado, 26 de enero de 2008

El virrey que puso la luna a los pies de su amada


Por Luis Eduardo Podestá

Cuenta la tradición que cuando el sexagenario virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet, declaró su amor a la coqueta actriz, Micaela Villegas Hurtado, ella le dijo “solo seré tuya cuando pongas la luna a mis pies”. Meses más tarde, en una noche de luna llena, el enamorado virrey la invitó a dar un paseo por el que se llamaría Paseo de Aguas, que había mandado a construir.

–Ahí tienes la luna a tus pies – dicen que le dijo el virrey a Micaela, quien vio reflejarse en el espejo de agua del Paseo, la redonda, brillante luna en toda su belleza.
Micaela, la amante del virrey Amat, quien habría de ganarse para la eternidad el apodo de “La Perricholi”, nació en Tomayquichua, Huánuco, el 28 de setiembre de 1749. Sus padres fueron José Villegas y Teresa Hurtado de Mendoza, en una casita que acabo de conocer y que según una guía de turismo, “se encuentra tal como cuando vivió en ella la Perricholi”.



La casa de la Perricholi en Tomayquichua, Huánuco

Quienes han escrito sobre ella y sus amores con el virrey, dicen que sus padres, aunque fueron de condición modesta, le enseñaron a leer y escribir y que ella, desde que tenía cinco años, dio muestra de una predisposición especial para la actuación y que le gustaba mucho la lectura.

Dicen que en su adolescencia “leía autores clásicos” y que “tenía una imaginación ardiente y fácil memoria, recitaba con suma gracia romances caballerescos y escenas cómicas de Alarcón, Lope de Vega y Moreto” y, además, tocaba la guitarra y cantaba con voz agradable las tonadas de moda en aquella Lima del siglo XVIII adonde sus padres se trasladaron para afincarse en una casona del actual distrito del Rímac, frente a lo que hoy es un remozado Paseo de Aguas y donde hace 232 años, el virrey pondría la luna a sus pies.


Flores y tiestos de cerámica adornan los exteriores de la casa


Esas dotes la llevaron al teatro a los 18 años, cuando dicen que se convirtió en la actriz más mimada de la sociedad limeña que quedó “hechizada” desde el primer día en que la Perricholi pisó el escenario del Coliseo de Comedias.

Allí fue donde el virrey la conoció cuando corría el año 1766. El romance duraría diez años y de él habría de nacer, en 1769, un Manuelito, que vivió con su abuela y su madre, hasta cuando llegado a los 18 años, emigró a la España de su padre.

Fue el virrey, según don Ricardo Palma en una de sus tradiciones más famosas, quien inventó el término Perricholi. En medio de una discusión de amantes, el furioso noble le espetó que ella, desagradecida, era una “perra chola”, pero su lengua catalana y su singular pronunciación del español, convirtieron la frase en “perricholi” que perdura hasta hoy. Otros afirman, sin embargo que el vocablo proviene del francés y que de ningún modo es ofensivo pues significa “prenda mía”.

En 1776, don Manuel de Amat fue remplazado por don Manuel Guirior y debió volver a España, llamado por el rey Carlos III, mientras la Perricholi sufría su soledad en compañía de su madre y su hijo Manuelito, durante diez años quizá alimentando la secreta esperanza de que su viejo amante volviera a Lima. Pero don Manuel de Amat no tenía intenciones de volver. A los 80 años se casó con una sobrina española. Cuando lo supo, la Perricholi dejó el teatro para siempre.

Enterramos a la Perricholi

Tras el viaje de Manuelito, la Perricholi se casó en 1788 con Vicente Fermín de Echam, un hombre ligado a los quehaceres del teatro, quien murió en 1807. La Perricholi tenía entonces 59 años.

Doce años más tarde, el 16 de mayo de 1819, la Perricholi dejó de existir. Uno de los periódicos de entonces publicó: “Ayer enterramos a la Perricholi”. Otro, más explícito, dijo: “El 16 de este mes murió ejemplarmente la Mica Villegas, alias la célebre cómica Perricholi”. Tenía 70 años y había pasado los últimos dedicada a la oración, envuelta en el hábito de las Carmelitas.

Uno de sus biógrafos, cuenta que “sus tesoros los consagró al socorro de los desventurados y cuando murió estaba cubierta de las bendiciones de los pobres, cuya miseria aliviara con generosa mano”.

Los arranques de generosidad de La Perricholi eran tan imprevisibles como sus rabietas, algo comprensible en una actriz a la que todos, incluido el representante del rey de España en el Perú, engreían y aplaudían.



Un maniquí vestido a la usanza del siglo XVIII junto al presunto traje del virrey

Dice la tradición que un día, cuando se dirigía en su lujoso carruaje al convento de los Descalzos para participar en aquella tan antigua tradición de la Porciúncula, mediante la cual se ofrece un suculento almuerzo a los pobres una vez al año, la Perricholi se tropezó con un humilde cura de la parroquia de San Lázaro, que llevaba a pie los viáticos para algún enfermo en trance de morir.

Se compadeció hasta las lágrimas, y según José Antonio de Lavalle, uno de sus biógrafos, “su corazón se desgarró al contraste de su esplendor de cortesana con la pobreza del Hombre-Dios, de su orgullo humano con la humildad divina; y descendiendo rápidamente de su carruaje, hizo subir a él al modesto sacerdote que llevaba en sus manos el cuerpo de Cristo”.


El carruaje que se exhibe en la casa de Tomayquichua

Añade que “anegada en lágrimas de ternura, acompañó al Santo de los Santos, arrastrando por las calles sus encajes y brocados; y no queriendo profanar el carruaje que había sido purificado con la presencia de su Dios, regaló en el acto carruaje y tiros, lacayos y libreas a la parroquia de San Lázaro”.

También era violenta y, según don Ricardo Palma, le cruzo la cara a chicotazos a un actor que le llamó la atención cuando se representaba la comedia de Calderón de la Barca ¡Fuego de Dios en el querer bien!


“Estaban sobre el proscenio Maza, que desempeñaba el papel de galán, y Miquita el de la dama, cuando a mitad de un parlamento o tirada de versos murmuró Maza en voz baja:
-¡Más alma, mujer, más alma! Eso lo declamaría mejor la Inés.

Desencadenó Dios sus iras. La Villegas se olvidó de que estaba delante del público, y alzando un chicotillo que traía en la mano, cruzó con él la cara del impertinente.

Cayó el telón. El respetable público se sulfuró y armó una de gritos: “¡A la cárcel la cómica, a la cárcel!”.

La Inés era entonces una actriz que rivalizaba en juventud, en belleza y favor del público con Micaela.

Una calesa blanca y la escultura caricaturesca de la dama y el virrey

Los historiadores consideran a la Perricholi o Micaela Villegas Hurtado, una de las mujeres más célebres del Perú del siglo XVIII y su vida ha inspirado obras literarias como El puente de san Luis Rey, de Thornton Wilder, publicada en 1929 y llevada al cine en 1929, 1944 y 2004.

Inspirado en la Perricholi, el francés Próspero Merimée escribió La carroza del Santo Sacramento que posteriormente llevó a Jacques Offenbach a componer la ópera bufa La Périchole en 1868 y a Jean Rendir, su película La carroza de oro, estrenada en 1953.


La casa en el cerro

La casa donde nació “La Perricholi”, en el campesino distrito huanuqueño de Tomayquichua, a unos 20 kilómetros al noreste de la capital departamental, se mantiene como si ayer la hubieran construido. Flores multicolores y un coqueto arco de ladrillo, le dan la bienvenida al visitante.

La casa se halla adosada a un cerro, sobre una estrecha calle de tierra, humedecida aún por la lluvia de la noche anterior, que corre paralela al río Huallaga. Sobre la escalera que conduce a una glorieta iluminada por el sol que hace brillar las flores, está la salita con portales y a continuación el dormitorio, que según dice una guía, “se encuentra como lo dejó la Perricholi”, lo cual es dudoso, porque los papás de Micaela la llevaron a Lima, cuando era una tierna niña de cinco años y nunca más volvió.

Bajo otra glorieta de solo cuatro barnizados troncos de eucalipto y un techo rústico de madera se conserva la calesa que utilizaba para pasear en brazos de sus padres, se supone en Huanuco, porque el lujoso carruaje con que causaba la envidia de las aristocráticas damas limeñas fue regalado a la parroquia de San Lázaro por doña Miquita, en aquel comentado arranque de generosidad.

La periodista Ketty Montaldo me dijo que el carruaje que se exhibe en la casa de Tomayquichua fue traído de Lima con el fin de agregar un motivo turístico al lugar.
Desde la colorida casa de la Perricholi en Tomayquichua se domina el verde valle surcado por el Huallaga, ahora enturbiado por las crecientes causadas por las copiosas lluvias de este verano.

Y en la plaza del pueblo, delante de la casa municipal, que tiene el aspecto de un castillo medieval, donde despacha el alcalde David Herrera Yumpe, hay una escultura caricaturesca de Micaela y el virrey, ella en toda su orgullosa belleza y él abobado de amor.

Cerca de la doble escultura, en la misma placita, una calesa blanca recuerda a la bella actriz que dio aquel pequeño pueblo campesino, para que el mundo la admirara e inspirara a escritores, poetas y músicos, obras que la entregaron a la perennidad. (Luis Eduardo Podestá).

(Imágenes de www.podestaprensa.com)
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martes, 1 de enero de 2008

La tierra de los cañones hermanos

El conocido Cañón del Colca y su hermano, un poco más al norte, el Cañón de Cotahuasi, ambos en e departamento de Arequipa, tienen todas las condiciones para ser declarados maravillas de la naturaleza, dueños de una salvaje y poco conocida belleza, donde el visitante encuentra un ambiente semejante al de los primeros tiempos de nuestro mundo.

Cañón de Cotahuasi, el más profundo del mundo



Aunque algunas comparaciones son odiosas, hay que establecer las diferencias, es decir, las medidas de uno de los cañones más famosos del mundo, como el del Colorado y los poco conocidos tajos de Arequipa.

El Cañón del Colorado, Arizona, Estados Unidos tiene 1 600 metros de profundidad


El Cañón del Colca, Arequipa, Perú, 3 400 metros

Y el Cañón de Cotahuasi, Arequipa, Perú. 3 535 metros.

Hay otras diferencias, entre ellas, la gran publicidad que rodea al Cañón del Colorado, y la construcción de aquel extraordinario mirador denominado Skywall, desde donde se puede dominar gran extensión del río Colorado. También, por supuesto, hay avionetas y helicópteros que satisfacen las ansias de aventura de cualquier visitante, en óptimas condiciones de seguridad.

Nuestros cañones también son tanto o más impresionantes. Casi en los linderos con el vecino departamento de Ayacucho, está esa región que hemos dado en llamar la tierra de los cañones hermanos: el Colca y el Cotahuasi.

Sus profundidades tienen el impresionante marco de montañas nevadas, verdes valles y cerros marrones, blancos, violetas, formaciones rocosas tan extrañas como la obra de une escultor desmesurado, de pueblecitos colgados de las laderas entre andenes, de gente hospitalaria y amistosa que labra la tierra, monta veloces caballos de corta estatura y hace acrobacias sobre asnos y cóndores disfrutando del sol en el cielo mismo.

El cóndor es el amo del cielo sobre el Colca




Esa es, a grandes rasgos, aquella extraña región, cortada por dos profundas puñaladas por la naturaleza para construir desafíos inmensos a los pobladores y a los visitantes.


Del Colca, al que llamó el “valle de las maravillas”, escribió Mario Vargas Llosa en un libro titulado Descubriendo el valle del Colca: “La irrigación que a través de decenas de kilómetros de túneles, lleva las aguas del Colca al otro lado de estas montañas, a la pampa de Majes, hizo que se abriera un camino y que ahora se pueda venir en auto a este lugar adonde antes solo se llegaba en mula o a pie. Pero el turismo es todavía escaso y el hombre moderno no ha tenido tiempo de depredar el valle. Solo el tiempo lo ha hecho, aunque por fortuna, moderadamente”.

Caídas de agua de impresionante belleza cerca de Chivay



Ahora es posible hacer el vieja entre Arequipa y Chivay, en la cabecera del cañón, en tres horas y media, en ómnibus, o combi.

Pero esto vale también para el valle del cañón de Cotahuasi. Esas colosales obra de la naturaleza se encuentran casi intocadas por el hombre. Muestran lo que fue la rugosa faz de la tierra hace millones de años, excepción hecha de los pueblos y las gentes que hace quizá solo 2 000 años comenzaron a rondar por sus entornos.

Desolado paisaje en las alturas de La Unión





El vulcanólogo Alberto Parodi, autor de la geomorfología del cañón, dice que su origen se remonta al prepaleozoico, es decir, a unos 600, millones de años atrás, por lo que “el cañón del Colca, en toda su longitud y profundidad, es un libro abierto cuyas páginas –las rocas que afloran y su enorme desgaste en el transcurso de miles de siglos- nos describen la historia de la tierra en esta parte del continente americano”.

Para llegar a Cotahuasi desde Lima, hay que resignarse a vivir 23 o 24 horas en un ómnibus. Y si uno se anima a una escala en Arequipa, el viaje desde aquí durará entre 12 y 13 horas, pero todo será compensado por el impresionante y espectacular paisaje que irá descubriendo en cada tramo del camino.

El promovido Gran Cañón del Colorado, con sus 1 600 metros de profundidad, tuvo la gloria de que un compositor como Ferde Gofré, le dedicara una suite denominada justamente El Gran Cañón. Nadie ha dedicado una sinfonía al Colca ni al Cotahuasi, situados uno de otro, a unos ochenta kilómetros y descuidados hasta el olvido por las autoridades, que bien podrían hacer el esfuerzo de construir buenas carreteras que abrieran la zona a un mayor flujo de visitantes.

Solo desde hace unos 10 años, los pobladores de ambas provincias, de Cotahuasi en La Unión y el Colca en Cailloma, residentes en Arequipa, Lima y en sus propios pueblos, han tomado conciencia de la importancia de promover esas riquezas que pueden también contribuir a su bienestar y desarrollo.

Catarata de Sipia en el cañón de Cotahuasi de 150 metros de caída



Esas son las riquezas desconocidas que el norte de Arequipa puede ofrecer al mundo. No solo la majestuosidad de su paisaje impresionante y duro, porque no ha sido tocada o por el hombre sino dulce y tierno donde la gente ha puesto la mano para abrir los surcos o construir las casas. Pero a despecho de todo lo que pueden ofrecer los cañones hermanos, la soledad, la pobreza y el abandono son los signos comunes de esas tierras.

¿Será esta la hora de que el bienestar secular tan esquivo como el cóndor, llegue a ellas por obra de los gobernantes de buena voluntad que atiendan el reclamo de esos peruanos olvidados?

Porque se trata de dos grandes potenciales turísticos desperdiciados por falta de apoyo estatal que no provee las vías de acceso necesarias. Un promotor oficial del turismo dijo hace años que “la empresa privada debe contribuir a que la afluencia de turistas sea una realidad a esos dos grandes atractivos del departamento de Arequipa”.

El visitante encuentra aventuras en la tierra y en el cielo



Lo que no quiso o no pudo decir es que las vías de acceso no solo tendrán en esa zona una función turística sino fundamentalmente social y eso es una obligación que el gobierno ha olvidado largamente en las provincias altas.

La mayoría de turistas que visita el Perú se vuelca a Cusco y Puno, si se trata de centros turísticos del sur porque llegar allí es fácil, por avión, tren o carretera.

Llegar a los cañones es mucho más difícil, salvo para quienes deseen hacer turismo de riesgo y aventura. Hay que desear que la hora de los cañones hermanos haya sonado este 2008 para descubrir su ruda fisonomía y realidad geológica a los ojos de la humanidad y para fomentar el bienestar de sus gentes.