sábado, 22 de noviembre de 2008

El añuje, la ardilla y la castaña



Una inversión para los nietos que no
debe convertirse en madera efímera

Cuentan los viejos castañeros de Madre de Dios, algunos asentados en Alegría, otros en El Infierno, en Progreso y otras decenas de pueblos, caseríos de la selva del sur del Perú, que son los añujes y no las ardillas, los que favorecen el nacimiento, crecimiento, florecimiento y producción de los castaños.

El floreciente castaño se yergue por encima del nivel de la selva

La historia, si se la puede llamar así, comienza cuando el castaño deja caer a tierra su fruto, un paquete de más de medio kilo de peso o coco maduro. Algunos de estos son recolectados por los castañeros que la procesan como alimento o insumo industrial, pero esa es otra parte del cuento.
Entonces el añuje que siempre se da sus vueltas alrededor de los castaños que juzga están a punto de soltar sus frutos, encuentra el coco y a fuerza de dientes destruye la dura capa que protege las semiillas y como quien guarda pan pa’ mayo las entierra en cualquier lugar que juzga conveniente para volver cuando las papas escaseen.
El añuje hace todos los entierros que puede en cuanto lugar adecuado encuentra y piensa que nadie lo ha visto y que su tesoro está verdaderamente protegido por la naturaleza exuberante que lo rodea.

Un castaño contra crepúsculo muere de pie




Es entonces cuando entra en acción la ardilla, la que, probablemente ha seguido los movimientos del añuje desde algunos días u horas y vigilado sus movimientos de animal previsor. La ardilla no está dispuesta a que el tesoro de las nueces que el añuje ha enterrado se queden allí, En cuanto el añuje se ha ido, baja del árbol que la cobija y desentierra el fruto que le servirá a ella y a los suyos de alimento.

Añuje sin mapa
Mientras tanto el añuje, que no ha tenido la precaución de hacer un mapa de los lugares donde ha enterrados su tesoros, ha olvidado algunos y jamás volverá hacia ellos.
Entonces puede ocurrir una de tres cosas: que la ardilla ladrona desentierre el fruto y se lo lleve, con lo cual priva a la economía peruana de una posibilidad de desarrollo, que la semilla sea recordada por el añuje quien la descubrirá y desenterrará para que sirva de alimento, o en tercer lugar, que quede olvidada hasta cuando las lluvias y el tiempo la hagan germinar.
Eleuterio Añí Sunción, experimentado recolector de castañas de la comunidad de Monterrey en Iberia, distrito de Las Piedras, departamento de Madre de Dios, con 15 años dedicado a la recolección, quien acaba de llegar del monte, dice que aparte de aquellas posibilidades hay otras que, como un juego de azar, pueden privar al hombre de la exquisitez de la castaña.
Si el árbol crece sin problemas hasta alcanzar la edad de 45 o 50 años, producirá los frutos que él y otros cientos de castañeros de la región esperan para mantener su economía hogareña. Pero es posible que el arbolito en sus tiernos años, sufra accidentes. Puede ser pasto de algunos animales, o ser cortado por hombres que ignoran su valor o simplemente morir por causas naturales antes de ponerse lo suficientemente fuerte para producir sus frutos.
Si este árbol, que pertenece a la familia de las fagáceas, alcanza la plena madurez y da sus frutos, las castañas correrán por el mundo para darle mejor sabor al chocolate y para otros usos.
La castaña es calificada por los expertos como un “fruto muy nutritivo y sabroso, cubierto por una cáscara gruesa de color pardo oscuro”.
El coco que la contiene y que el árbol suelta tan repentinamente que los recolectores deben cuidarse de que les caiga en la cabeza para no sufrir un traumatismo, es de tal tamaño que solo cabe cómodamente en las dos manos del recolector.
Añí, respetuoso de las disposiciones existentes, dice que la recolección solo debe realizarse alrededor de los árboles que tengan un tronco de entre dos y dos metros cincuenta de diámetro y cuya estatura no sea menor a cinco metros desde el suelo hasta donde comienza la copa.

Eleuterio Añí, trabaja ante la curiosidad de sus hijos por los visitantes




Con una herramienta especial, despojan al fruto de su cáscara y lo acumulan en unidades de medidas que llaman barricas. Una barrica, equivalente a un barril lleno de castañas, se vende a 40 o 50 soles, con lo cual las empresas que las adquieran y cuyos representantes en la zona proclaman en grandes letreros “Se compra castaña a buen precio”, harán buenas utilidades luego de venderla a las fábricas de chocolates u otras industrias interesadas o las exportarán con los mismos fines.

Que no sea madera
En los últimos tiempos, ha aparecido el fenómeno de los taladores de castaños que buscan su madera porque es fuerte y es finísima, adecuada para pisos de lujo y muebles de exportación.



Con quizá cien años de existencia un castaño muestra su esqueleto




Han surgido, asimismo, quienes privan a los castaños de sus fuentes de alimentación, la humedad adecuada y desbrozan o queman sus zonas adyacentes, con lo cual, al poco tiempo, es doloroso verlos como enormes esqueletos blancos exhibiendo sus brazos espectrales entre el verdor de la selva.
Perú. Brasil y Bolivia que comparten esa parte de la selva amazónica, son los privilegiados por la producción de la castaña. Pero deben tener mucho cuidado y prohibir la extracción ilegal de madera que tala los castaños, sin tener en cuenta que tardan en dar frutos entre 30 años y medio siglo.
Bien dicen los castañeros y los economistas de Puerto Maldonado que “la inversión en castaña no es para hoy sino para los nietos”, lo que no significa que haya que renunciar a hacerla.
Las condiciones del clima, del terreno y de la fauna en la selva de Manu, Madre de Dios y las zonas vecinas cercanas de Brasil y Bolivia, favorece a estos tres países en la producción casi exclusiva de castaña de características tan especiales que la han hecho famosa a nivel mundial.
En Madre de Dios, -y me imagino que también en los otros dos países- se fabrican artesanalmente dulces cuyo principal ingrediente es la castaña, que se vende en forma natural, porque así se puede comer como una nuez cualquiera.
Vale la pena soñar –bonita frase, ¿verdad? robada de un programa de televisión- con que en el futuro, nadie corte un árbol de castaña y todos dejen como en gran parte aún ahora, que añuje, ardilla y semilla sigan manejados por la naturaleza para bien de quienes utilizan la castaña como fuente de alimentación y de bienestar que se alarguen muchos años hacia en el porvenir.
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