viernes, 6 de enero de 2012

Un puerto donde no debía estar

Efectivamente es un
capricho sobre rocas
frente a mar brava


El siguiente texto pertenece a Bernardino Rodríguez Carpio, Presidente de la Federación de Periodistas del Perú, autor del libro Un capricho llamado Mollendo, puerto donde nació y que hoy, 6 de enero, celebra su día jubilar.





Por Bernardino Rodríguez

El diccionario español dice que el vocablo capricho significa “deseo irreflexivo”. Es decir, una idea o un propósito que la razón no concibe. Viene a ser lo contrario a la sensatez, lo planificado, el raciocinio.

Imaginemos que en los tiempos que hoy vivimos, alguien pretendiese levantar una ciudad sobre empinados cerros y quebradas, sin río, sin sol casi todo el año y sin lluvia -esporádicamente una garúa- en un suelo rocoso cuyas posibilidades de producir alimento son escasas; a orillas de un mar embravecido cuya estrecha bahía, además por su bajo nivel, no permite que embarcaciones de mayor calado puedan acoderar. Estaríamos ante una intención absurda que los modernos conceptos de la planificación y los estudios de factibilidad inmediatamente habrían rechazado.

Estaríamos ante un capricho.

Sin embargo esa ciudad existe. Se llama Mollendo. Y es un capricho del hombre frente a la naturaleza. Pequeña aún, posee modernos trazos y buen ornato. Sus bien asfaltadas calles son un olímpico desprecio de la ley de la gravedad, se descuelgan por pendientes, en algunos casos hasta en tres niveles y en otros trepan indomables cerros. Todavía abundan los edificios de madera, algunos hasta de tres y cuatro pisos, de estilo arquitectónico inglés. Su gente -todos se conocen- es en buena parte mezcla de arequipeños y europeos; tienen dentro de una Arequipa con mucha identidad propia, su propia identidad. Tanto que si les preguntan si son arequipeños, rebelándose contra el mapa político que los integra a este departamento, responden que no. Son mollendinos.




En alguna manera esto es explicable, pues nadie nace de la nada sin que luego no se sienta con legítima razón orgulloso de sí mismo. No son muchos pero -emigrantes por vocación- se les encuentra en todas partes, generalmente bien ubicados. Hubo un instante en que el máximo jefe militar en el país y el cabecilla de la banda subversiva que quería la destrucción del Estado, eran paisanos; oriundos de este pequeño rincón del suelo nacional.


Todavía no han llegado a presidente de la República, aunque sí a presidente de la Suprema, a ministros de Estado, parlamentarios y comandantes generales de las tres armas. Un lugar frecuente, sin embargo, es el deporte: hubo uno, Nicolás Fuentes, que fue catalogado el mejor en su puesto en un campeonato mundial de fútbol. Otro, Juan Carlos Oblitas, hizo el único gol de una hazaña peruana cual fue ganarle a Francia en París. Roberto Abugattas fue muchos años recordman sudamericano y campeón panamericano de salto alto.


De tanto ver los barcos y rozar con gente de otras latitudes, muchos se echaron a bordo a rodar por el mundo. Cada viejo junto al espacioso malecón, frente al mar, es una historia: Que navegó por todos los océanos, que sirvió en la Armada el 41 y venció en el Ecuador, que la “Reina del Pacífico” estuvo en Mollendo, que el “Arima Maru” varó en la playa, que el “Mono” Arriaga -preso por conspirador- escapó a nado de “El Frontón”, que “Islay” La Fuente lo intentó antes que el “Mono” pero fue alcanzado por una lancha patrullera y terminó acribillado a balazos, que la estrella local del fútbol, Arturo Lewis, y tres amigos se perdieron para siempre en el mar. Entre los que emigraron, Renato Holguín Rivera, fue prisionero de los nazis en la segunda guerra mundial y hoy ostenta altas condecoraciones norteamericanas. No faltó tampoco quien se convirtió en el primer americano que cruzó a nado el Canal de la Mancha y más tarde, cuchillo a la cintura por si los tiburones, llamó la atención mundial cruzando el Estrecho de Gibraltar: Daniel Carpio.

En todos hay una similitud. El orgullo de su origen, la valentía y la melancolía por el pequeño pueblo ubicado entre cerros, bruma, peñascos y mar. Diríamos que Abraham Valdelomar, que alguna vez declamó en teatro local, al trazar su perfil infantil en Pisco, en realidad hizo la semblanza del mollendino.

Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola
se deslizó en la paz de una aldea lejana,
entre el manso rumor conque muere una ola
y el tañer doloroso de una vieja campana.

Dábame el mar la nota triste de su melancolía,
el cielo la serena quietud de su belleza,
los besos de mi madre una dulce alegría
y la muerte del sol una vaga tristeza.

En la mañana azul, al despertar, sentía
el canto de las olas como una melodía
y luego el soplo denso, perfumado del mar;
y lo que él me dijera aún en mi alma persiste.

Quien ha nacido aquí siente que esa loma, convertida en pradera por la delicada llovizna de invierno, es para Mollendo como el abrazo materno de la naturaleza; extiende sus abrigadores brazos y lo cubre en su regazo en acto protector. En las noches es acaso un gigante centinela enfundado que cuida severo el sueño de los suyos. Es de siempre, sin hipérbole, una atalaya natural para otear la inmensidad oceánica, meditar frente al destino y conversar más cerca con Dios.


En el otro extremo está el mar. Inmenso, renegón, escenario de la epopeya diaria de un pueblo que aún resiste el asedio de la adversidad. En él quedaron sepultas muchas vidas en el inevitable intento de extraerle el pan que manda el cielo. En las horas nocturnas, cuando el pueblo queda envuelto en un manto de oscuridad y silencio, parece el dios del trueno por el nítido estallido de sus olas contra la roca inerte. Es en cambio, a la luz del día, belleza viviente, arte natural, pintura y poesía, al hacer con su espuma de la piedra milenaria, una gigante rosa blanca que semeja la expresión enamorada de la naturaleza marina hacia el puerto de su encanto.

Cierto que para Mollendo la madre tierra no fue muy generosa. Pero es cierto también que fue engendrado por su padre el mar. Lo protege, lo alimenta, retoza con él en sus playas, le enseña que el trabajo es faena dura, lo rezonga con su braveza y lo hace hombre. Cuando ruge asusta pero si algún día dejara de rugir, los hijos del pueblo perderían el coraje, característica innata que explica esta bella porfía de una heroica subsistencia.


Esto es Mollendo. Terquedad, resurrección y porfía a través de los siglos; apuesta ante el futuro incierto y desafío heroico ante la adversidad; supervivencia de la nada y derrota diaria; optimismo por nuevos rumbos, historia y olvido, esperanza nocturna de un nuevo amanecer.
(*) Fragmentos del libro "Un Capricho llamado Mollendo".

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