sábado, 26 de enero de 2008

El virrey que puso la luna a los pies de su amada

Cuenta la tradición que cuando el sexagenario virrey del Perú, don Manuel de Amat y Juniet, declaró su amor a la coqueta actriz, Micaela Villegas Hurtado, ella le dijo “solo seré tuya cuando pongas la luna a mis pies”. Meses más tarde, en una noche de luna llena, el enamorado virrey la invitó a dar un paseo por el que se llamaría Paseo de Aguas, que había mandado a construir.

–Ahí tienes la luna a tus pies – dicen que le dijo el virrey a Micaela, quien vio reflejarse en el espejo de agua del Paseo, la redonda, brillante luna en toda su belleza.
Micaela, la amante del virrey Amat, quien habría de ganarse para la eternidad el apodo de “La Perricholi”, nació en Tomayquichua, Huánuco, el 28 de setiembre de 1749. Sus padres fueron José Villegas y Teresa Hurtado de Mendoza, en una casita que acabo de conocer y que según una guía de turismo, “se encuentra tal como cuando vivió en ella la Perricholi”.





La casa de la Perricholi en Tomayquichua, Huánuco



Quienes han escrito sobre ella y sus amores con el virrey, dicen que sus padres, aunque fueron de condición modesta, le enseñaron a leer y escribir y que ella, desde que tenía cinco años, dio muestra de una predisposición especial para la actuación y que le gustaba mucho la lectura.


Dicen que en su adolescencia “leía autores clásicos” y que “tenía una imaginación ardiente y fácil memoria, recitaba con suma gracia romances caballerescos y escenas cómicas de Alarcón, Lope de Vega y Moreto” y, además, tocaba la guitarra y cantaba con voz agradable las tonadas de moda en aquella Lima del siglo XVIII adonde sus padres se trasladaron para afincarse en una casona del actual distrito del Rímac, frente a lo que hoy es un remozado Paseo de Aguas y donde hace 232 años, el virrey pondría la luna a sus pies.




Flores y tiestos de cerámica adornan los exteriores de la casa



Esas dotes la llevaron al teatro a los 18 años, cuando dicen que se convirtió en la actriz más mimada de la sociedad limeña que quedó “hechizada” desde el primer día en que la Perricholi pisó el escenario del Coliseo de Comedias.


Allí fue donde el virrey la conoció cuando corría el año 1766. El romance duraría diez años y de él habría de nacer, en 1769, un Manuelito, que vivió con su abuela y su madre, hasta cuando llegado a los 18 años, emigró a la España de su padre.


Fue el virrey, según don Ricardo Palma en una de sus tradiciones más famosas, quien inventó el término Perricholi. En medio de una discusión de amantes, el furioso noble le espetó que ella, desagradecida, era una “perra chola”, pero su lengua catalana y su singular pronunciación del español, convirtieron la frase en “perricholi” que perdura hasta hoy. Otros afirman, sin embargo que el vocablo proviene del francés y que de ningún modo es ofensivo pues significa “prenda mía”.

En 1776, don Manuel de Amat fue remplazado por don Manuel Guirior y debió volver a España, llamado por el rey Carlos III, mientras la Perricholi sufría su soledad en compañía de su madre y su hijo Manuelito, durante diez años quizá alimentando la secreta esperanza de que su viejo amante volviera a Lima. Pero don Manuel de Amat no tenía intenciones de volver. A los 80 años se casó con una sobrina española. Cuando lo supo, la Perricholi dejó el teatro para siempre.



Enterramos a la Perricholi


Tras el viaje de Manuelito, la Perricholi se casó en 1788 con Vicente Fermín de Echam, un hombre ligado a los quehaceres del teatro, quien murió en 1807. La Perricholi tenía entonces 59 años.

Doce años más tarde, el 16 de mayo de 1819, la Perricholi dejó de existir. Uno de los periódicos de entonces publicó: “Ayer enterramos a la Perricholi”. Otro, más explícito, dijo: “El 16 de este mes murió ejemplarmente la Mica Villegas, alias la célebre cómica Perricholi”. Tenía 70 años y había pasado los últimos dedicada a la oración, envuelta en el hábito de las Carmelitas.

Uno de sus biógrafos, cuenta que “sus tesoros los consagró al socorro de los desventurados y cuando murió estaba cubierta de las bendiciones de los pobres, cuya miseria aliviara con generosa mano”.

Los arranques de generosidad de La Perricholi eran tan imprevisibles como sus rabietas, algo comprensible en una actriz a la que todos, incluido el representante del rey de España en el Perú, engreían y aplaudían.





Un maniquí vestido a la usanza del siglo XVIII junto al presunto traje del virrey


Dice la tradición que un día, cuando se dirigía en su lujoso carruaje al convento de los Descalzos para participar en aquella tan antigua tradición de la Porciúncula, mediante la cual se ofrece un suculento almuerzo a los pobres una vez al año, la Perricholi se tropezó con un humilde cura de la parroquia de San Lázaro, que llevaba a pie los viáticos para algún enfermo en trance de morir.

Se compadeció hasta las lágrimas, y según José Antonio de Lavalle, uno de sus biógrafos, “su corazón se desgarró al contraste de su esplendor de cortesana con la pobreza del Hombre-Dios, de su orgullo humano con la humildad divina; y descendiendo rápidamente de su carruaje, hizo subir a él al modesto sacerdote que llevaba en sus manos el cuerpo de Cristo”.




El carruaje que se exhibe en la casa de Tomayquichua




Añade que “anegada en lágrimas de ternura, acompañó al Santo de los Santos, arrastrando por las calles sus encajes y brocados; y no queriendo profanar el carruaje que había sido purificado con la presencia de su Dios, regaló en el acto carruaje y tiros, lacayos y libreas a la parroquia de San Lázaro”.


También era violenta y, según don Ricardo Palma, le cruzo la cara a chicotazos a un actor que le llamó la atención cuando se representaba la comedia de Calderón de la Barca ¡Fuego de Dios en el querer bien!

“Estaban sobre el proscenio Maza, que desempeñaba el papel de galán, y Miquita el de la dama, cuando a mitad de un parlamento o tirada de versos murmuró Maza en voz baja:

-¡Más alma, mujer, más alma! Eso lo declamaría mejor la Inés.

Desencadenó Dios sus iras. La Villegas se olvidó de que estaba delante del público, y alzando un chicotillo que traía en la mano, cruzó con él la cara del impertinente.

Cayó el telón. El respetable público se sulfuró y armó una de gritos: “¡A la cárcel la cómica, a la cárcel!”.

La Inés era entonces una actriz que rivalizaba en juventud, en belleza y favor del público con Micaela.





Una calesa blanca y la escultura caricaturesca de la dama y el virrey



Los historiadores consideran a la Perricholi o Micaela Villegas Hurtado, una de las mujeres más célebres del Perú del siglo XVIII y su vida ha inspirado obras literarias como El puente de san Luis Rey, de Thornton Wilder, publicada en 1929 y llevada al cine en 1929, 1944 y 2004.


Inspirado en la Perricholi, el francés Próspero Merimée escribió La carroza del Santo Sacramento que posteriormente llevó a Jacques Offenbach a componer la ópera bufa La Périchole en 1868 y a Jean Rendir, su película La carroza de oro, estrenada en 1953.


La casa en el cerro

La casa donde nació “La Perricholi”, en el campesino distrito huanuqueño de Tomayquichua, a unos 20 kilómetros al noreste de la capital departamental, se mantiene como si ayer la hubieran construido. Flores multicolores y un coqueto arco de ladrillo, le dan la bienvenida al visitante.


La casa se halla adosada a un cerro, sobre una estrecha calle de tierra, humedecida aún por la lluvia de la noche anterior, que corre paralela al río Huallaga. Sobre la escalera que conduce a una glorieta iluminada por el sol que hace brillar las flores, está la salita con portales y a continuación el dormitorio, que según dice una guía, “se encuentra como lo dejó la Perricholi”, lo cual es dudoso, porque los papás de Micaela la llevaron a Lima, cuando era una tierna niña de cinco años y nunca más volvió.

Bajo otra glorieta de solo cuatro barnizados troncos de eucalipto y un techo rústico de madera se conserva la calesa que utilizaba para pasear en brazos de sus padres, se supone en Huanuco, porque el lujoso carruaje con que causaba la envidia de las aristocráticas damas limeñas fue regalado a la parroquia de San Lázaro por doña Miquita, en aquel comentado arranque de generosidad.

La periodista Ketty Montaldo me dijo que el carruaje que se exhibe en la casa de Tomayquichua fue traído de Lima con el fin de agregar un motivo turístico al lugar.

Desde la colorida casa de la Perricholi en Tomayquichua se domina el verde valle surcado por el Huallaga, ahora enturbiado por las crecientes causadas por las copiosas lluvias de este verano.



Jocosa escultura ante la fachada de la Municipalidad de Tomayquichua



Y en la plaza del pueblo, delante de la casa municipal, que tiene el aspecto de un castillo medieval, donde despacha el alcalde David Herrera Yumpe, hay una escultura caricaturesca de Micaela y el virrey, ella en toda su orgullosa belleza y él abobado de amor.


Cerca de la doble escultura, en la misma placita, una calesa blanca recuerda a la bella actriz que dio aquel pequeño pueblo campesino, para que el mundo la admirara e inspirara a escritores, poetas y músicos, obras que la entregaron a la perennidad.

martes, 1 de enero de 2008

La tierra de los cañones hermanos

El conocido Cañón del Colca y su hermano, un poco más al norte, el Cañón de Cotahuasi, ambos en e departamento de Arequipa, tienen todas las condiciones para ser declarados maravillas de la naturaleza, dueños de una salvaje y poco conocida belleza, donde el visitante encuentra un ambiente semejante al de los primeros tiempos de nuestro mundo.

Cañón de Cotahuasi, el más profundo del mundo



Aunque algunas comparaciones son odiosas, hay que establecer las diferencias, es decir, las medidas de uno de los cañones más famosos del mundo, como el del Colorado y los poco conocidos tajos de Arequipa.

El Cañón del Colorado, Arizona, Estados Unidos tiene 1 600 metros de profundidad


El Cañón del Colca, Arequipa, Perú, 3 400 metros

Y el Cañón de Cotahuasi, Arequipa, Perú. 3 535 metros.

Hay otras diferencias, entre ellas, la gran publicidad que rodea al Cañón del Colorado, y la construcción de aquel extraordinario mirador denominado Skywall, desde donde se puede dominar gran extensión del río Colorado. También, por supuesto, hay avionetas y helicópteros que satisfacen las ansias de aventura de cualquier visitante, en óptimas condiciones de seguridad.

Nuestros cañones también son tanto o más impresionantes. Casi en los linderos con el vecino departamento de Ayacucho, está esa región que hemos dado en llamar la tierra de los cañones hermanos: el Colca y el Cotahuasi.

Sus profundidades tienen el impresionante marco de montañas nevadas, verdes valles y cerros marrones, blancos, violetas, formaciones rocosas tan extrañas como la obra de une escultor desmesurado, de pueblecitos colgados de las laderas entre andenes, de gente hospitalaria y amistosa que labra la tierra, monta veloces caballos de corta estatura y hace acrobacias sobre asnos y cóndores disfrutando del sol en el cielo mismo.

El cóndor es el amo del cielo sobre el Colca




Esa es, a grandes rasgos, aquella extraña región, cortada por dos profundas puñaladas por la naturaleza para construir desafíos inmensos a los pobladores y a los visitantes.


Del Colca, al que llamó el “valle de las maravillas”, escribió Mario Vargas Llosa en un libro titulado Descubriendo el valle del Colca: “La irrigación que a través de decenas de kilómetros de túneles, lleva las aguas del Colca al otro lado de estas montañas, a la pampa de Majes, hizo que se abriera un camino y que ahora se pueda venir en auto a este lugar adonde antes solo se llegaba en mula o a pie. Pero el turismo es todavía escaso y el hombre moderno no ha tenido tiempo de depredar el valle. Solo el tiempo lo ha hecho, aunque por fortuna, moderadamente”.

Caídas de agua de impresionante belleza cerca de Chivay



Ahora es posible hacer el vieja entre Arequipa y Chivay, en la cabecera del cañón, en tres horas y media, en ómnibus, o combi.

Pero esto vale también para el valle del cañón de Cotahuasi. Esas colosales obra de la naturaleza se encuentran casi intocadas por el hombre. Muestran lo que fue la rugosa faz de la tierra hace millones de años, excepción hecha de los pueblos y las gentes que hace quizá solo 2 000 años comenzaron a rondar por sus entornos.

Desolado paisaje en las alturas de La Unión





El vulcanólogo Alberto Parodi, autor de la geomorfología del cañón, dice que su origen se remonta al prepaleozoico, es decir, a unos 600, millones de años atrás, por lo que “el cañón del Colca, en toda su longitud y profundidad, es un libro abierto cuyas páginas –las rocas que afloran y su enorme desgaste en el transcurso de miles de siglos- nos describen la historia de la tierra en esta parte del continente americano”.

Para llegar a Cotahuasi desde Lima, hay que resignarse a vivir 23 o 24 horas en un ómnibus. Y si uno se anima a una escala en Arequipa, el viaje desde aquí durará entre 12 y 13 horas, pero todo será compensado por el impresionante y espectacular paisaje que irá descubriendo en cada tramo del camino.

El promovido Gran Cañón del Colorado, con sus 1 600 metros de profundidad, tuvo la gloria de que un compositor como Ferde Gofré, le dedicara una suite denominada justamente El Gran Cañón. Nadie ha dedicado una sinfonía al Colca ni al Cotahuasi, situados uno de otro, a unos ochenta kilómetros y descuidados hasta el olvido por las autoridades, que bien podrían hacer el esfuerzo de construir buenas carreteras que abrieran la zona a un mayor flujo de visitantes.

Solo desde hace unos 10 años, los pobladores de ambas provincias, de Cotahuasi en La Unión y el Colca en Cailloma, residentes en Arequipa, Lima y en sus propios pueblos, han tomado conciencia de la importancia de promover esas riquezas que pueden también contribuir a su bienestar y desarrollo.

Catarata de Sipia en el cañón de Cotahuasi de 150 metros de caída



Esas son las riquezas desconocidas que el norte de Arequipa puede ofrecer al mundo. No solo la majestuosidad de su paisaje impresionante y duro, porque no ha sido tocada o por el hombre sino dulce y tierno donde la gente ha puesto la mano para abrir los surcos o construir las casas. Pero a despecho de todo lo que pueden ofrecer los cañones hermanos, la soledad, la pobreza y el abandono son los signos comunes de esas tierras.

¿Será esta la hora de que el bienestar secular tan esquivo como el cóndor, llegue a ellas por obra de los gobernantes de buena voluntad que atiendan el reclamo de esos peruanos olvidados?

Porque se trata de dos grandes potenciales turísticos desperdiciados por falta de apoyo estatal que no provee las vías de acceso necesarias. Un promotor oficial del turismo dijo hace años que “la empresa privada debe contribuir a que la afluencia de turistas sea una realidad a esos dos grandes atractivos del departamento de Arequipa”.

El visitante encuentra aventuras en la tierra y en el cielo



Lo que no quiso o no pudo decir es que las vías de acceso no solo tendrán en esa zona una función turística sino fundamentalmente social y eso es una obligación que el gobierno ha olvidado largamente en las provincias altas.

La mayoría de turistas que visita el Perú se vuelca a Cusco y Puno, si se trata de centros turísticos del sur porque llegar allí es fácil, por avión, tren o carretera.

Llegar a los cañones es mucho más difícil, salvo para quienes deseen hacer turismo de riesgo y aventura. Hay que desear que la hora de los cañones hermanos haya sonado este 2008 para descubrir su ruda fisonomía y realidad geológica a los ojos de la humanidad y para fomentar el bienestar de sus gentes.