miércoles, 16 de julio de 2008

Ratones viajeros del espacio



Pedro Paulet, el pionero
arequipeño de los viajes espaciales

Nuestros sueños aunque parezcan
difíciles o imposibles
pueden hacerse realidad

Pedro Paulet Mostajo



Se puede afirmar que los primeros viajeros del espacio fueron los ratones que Pedro Paulet Mostajo (ilustración, dereha), instalaba en sus cohetes cuando, a los 11 años de edad, en su natal Tiabaya, Arequipa, desarrollaba experimentos para demostrar que los aviones a chorro iban a ser una realidad dentro de más de medio siglo.
Paulet, reconocido hoy como el precursor peruano de los viajes interestelares, era un niño aún cuando comenzó aquellos experimentos que lo llevarían a los altares de la ciencia universal.
El día de su nacimiento, el 2 de julio 1874 se recuerda como el Día de la Astronáutica Peruana. El último 2 de julio autoridades militares y civiles del distrito de Tiabaya, lo recordaron en un homenaje que le rindieron ante su monumento levantado en la vía de entrada a ese distrito.
Pero no hay un parque, avenida, o simple jirón en Lima o calle en Arequipa que lleve su nombre. Solo a la entrada de Tiabaya, en una pequeña y encantadora placita recientemente remodelada, hay un pequeño obelisco y una imagen dorada que nos recuerda que el sabio Pedro Paulet Mostajo, nació y vivió allí los primeros años de su vida.

El monumento a su memoria en el distrito de Tiabaya




En Arequipa, que se sepa, tampoco hay una avenida, plaza o monumento que recuerde a este pionero de la ciencia, que murió cuando esperaba que la burocracia lo elevara un nivel en el escalafón de servidores del estado. ¡Vaya reconocimiento!

Una avenida llamada Paulet

Ahora los vecinos de la calle Junín, en cuya primera casa entrando a mano izquierda, se hallaba la casa en que nació y vivió Pedro Paulet, anuncian que solicitarán al Municipio de Tiabaya, denomine con la efigie y nombre del hombre de ciencia a la avenida de ingreso al distrito, que hoy se llama simplemente Panamericana, cuando no es un tramo de aquella carretera, o kilómetro 8, que tampoco dice mucho.

Óscar Gonzales Málaga y Abdón Zúñiga Alatrista, vecinos empeñosos




Óscar Gonzales Málaga, periodista autor de varios trabajos acerca de Paulet y tan indignado como yo por la falta de gratitud del país hacia uno de sus más notables hombres de ciencia, y Abdón Zúñiga Alatrista, residentes de la calle Junín, prometieron hacer todos los trámites posibles ante las autoridades de Tiabaya y Arequipa, para que en adelante, la imagen de Paulet no sea olvidada y, por el contrario, su biografía y sus inventos, sean incluidos en un curso para que los estudiantes conozcan quién fue y qué hizo y cómo rechazó la fortuna y el bienestar para él y los suyos cuando el precio de obtenerla era dejar de ser peruano.

Carrizo relleno con pólvora

En los experimentos que realizaba en su nativa Tiabaya, Arequipa, mil kilómetros al sur de Lima, utilizaba trozos de carrizo rellenos con pólvora reciamente atados con hilos encerados, para lanzar cohetes al espacio con el peso adicional de roedores, piedras o trozos de metal.

Vieja pared de sillar sobre una acequia, lo único que queda de la casa




Seguía el ejemplo de los fabricantes de fuegos artificiales que abundan hasta hoy en Arequipa, pero sus fines eran distintos. No quería adornar el cielo con luminosos chispazos multicolores en las fiestas patronales. Él trataba de atravesar el aire para llegar a las estrellas. Su teoría era que no había que “tratar de atraer el aire, sino de empujarlo”.
El hecho es que los experimentos de su niñez adquirieron seriedad y desarrollo cuando produjo inventos como la rueda a la que aplicó turborreactores que le hacían dar vueltas sobre el mismo sitio hasta que el combustible se agotara o como el avión torpedo, que en realidad era una máquina para viajar al espacio.
Paulet había eliminado de sus proyectos la hélice, el único dispositivo que, entonces, a fines del siglo XIX y principios del XX, podría levantar el vuelo de un elemento más pesado que el aire.
Tampoco utilizó el vapor, la electricidad o la combustión interna, como los elementos conocidos en la época para mover barcos, automóviles y otras máquinas.
Al diseñar su avión torpedo, Pedro Paulet pensó en el uso de fuerzas retropropulsoras provocadas por cohetes. Era lo mismo que los científicos alemanes, ingleses, rusos y norteamericanos comenzaron a experimentar durante la Segunda Guerra Mundial.

Las bombas V-2 alemanas

Los alemanes crearon las bombas V-2 con las que pudieron llegar a bombardear Londres en las postrimerías de la guerra, en 1944-45.
Muchos años antes, en 1907, Paulet diseñó y construyó el motor de su avión. Pesaba escasamente 2.5 kilogramos y tenía un empuje de unos cien kilos, gracias a sucesivas 300 explosiones por minuto, provocadas por un combustible de “propelente líquido” en lenguaje especializado, consistente en una mezcla de peróxido de hidrógeno y gasolina.
El avión torpedo, al que en el futuro Paulet prefiere llamar “auto bólido” estaba diseñado en base a un motor a reacción y tenía alas delta y una forma de punta de lanza. Tenía una cabina interior adecuada para una tripulación escasa de dos o tres personas, revestida por fuera con una capa resistente a las condiciones espaciales y de la fricción con la atmósfera.
Paulet dijo que eligió el diseño esférico de la cabina porque esta forma geométrica es más resistente a las presiones externas producidas por el medio ambiente y permite completa libertad de movimiento a la tripulación. El diseño consideraba paredes térmicas y la producción de energía para los instrumentos por medio de baterías termoeléctricas.
Dice un técnico de la Fuerza Aérea Peruana (FAP) al respecto: “Tanto el carburante como el oxidante se encuentran almacenados en tanques separados y son mezclados en la cámara de combustión donde por medio de una bujía se produce una chispa que provoca la ignición. Esta combinación generaba poderosos gases que eran expulsados al exterior a alta temperatura, y como consecuencia se producía una reacción que hacia elevar al vehículo”.

Un artista de la ciencia

Pedro Paulet fue hijo de una familia campesina del distrito de Tiabaya. Sus padres fueron Pedro Paulet y Antonia Mostajo. Luego de terminar su primaria, estudio su secundaria en el colegio estatal de la Independencia Americana y más tarde ingresó a la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa.


La puerta de la casa donde nació cubierta por un tabique de calamina




Algunos de sus biógrafos indican que Paulet era básicamente un artista que organizó con un grupo de estudiantes el Centro Artístico, a través del cual aprendió dibujo y escultura.
Había cumplido 19 años cuando falleció su madre. Al año siguiente, 1893, en reconocimiento a su excelencia académica, recibió una beca del gobierno peruano, y viajó a Francia. Asistió a conferencias que el profesor Marcelin Berthelot ofrecía en la Universidad de Francia. En la Sorbona estudió ingeniería y arquitectura. Pero su afán por descubrir la forma de conquistar el espacio, lo llevó a matricularse en la facultad de Química, cuyo profesor, Berthelot se convirtió en su principal asesor. Comenzó entonces sus experimentos para descubrir el combustible adecuado para activar cohetes.
Tenía 21 años cuando obtuvo el título de Ingeniero Químico en el Instituto de Química Aplicada de París.
Rechazó desde el comienzo la imitación de los pájaros por el hombre que quería volar, algo que hicieron nuestros antepasados desde mucho antes de los diseños de Leonardo de Vinci.
Hay que tener en cuenta de que si la naturaleza hubiera querido hacer del hombre un ser volador, lo hubiera dotado de un esternón de dos metros y medio y le hubiera dado huesos huecos. Pero no es así, y debemos resignarnos a caminar sobre la superficie.
Pedro Paulet tenía otros planes.

La girándola, uno de sus primeros experimentos




Lo primero que experimentó fue la girándola motriz, consistente en una simple rueda de bicicleta en cuyo aro había instalado tres cohetes unidos a los radios.
Los experimentos con la girándola y con los explosivos, no obstante que eran realizados en un galpón, causaron no solo la alarma sino una denuncia de los vecinos ante la policía.
Lo arrestaron y estuvieron a punto de acusarlo de terrorista, pero tuvo la suerte de que el profesor Berthelot, explicara a las autoridades la naturaleza de los experimentos y Paulet fue puesto en libertad.

No quiso dejar de ser peruano

Paulet tenía ya listo su avión torpedo, y buscaba el apoyo económico de industriales que lo financiaran. Pero los técnicos y empresarios de entonces le prestaban mayor atención al uso de la hélice que él había desechado por obsoleta. La hélice estaba en su momento, y tuvo la virtud de desplazar, debido a la miopía de la sociedad de entonces, a los inventos de Paulet, con lo que el mundo no hubiera tenido que esperar un siglo para lanzarse a la conquista del espacio.
Así, pues, Pedro Paulet Mostajo, debe ser entendido ahora en su verdadera dimensión, algo que no hicieron ni las autoridades peruanas ni las de Europa, donde vivió durante muchos años.
En 1928, el millonario industrial norteamericano Henry Ford, le ofreció un millón de dólares por el auto bólido, con la condición de que renunciara a la nacionalidad peruana y adoptara la norteamericana, para poder patentar esa máquina como invento de los Estados Unidos. Paulet no quiso dejar de ser peruano y rechazó la oferta.
El mismo año, la Sociedad de Astronáutica de Alemania le invitó a unirse a esa comunidad científica que estudiaba la propulsión de cohetes. Aunque era la mejor ocasión de probar su invento Paulet la rechazó porque se enteró de que el propósito real de los estudios era la fabricación de un artefacto de guerra que doblara el alcance del más moderno cañón británico.
Ya era cónsul del Perú en Amberes, Bélgica, cuando confesó: “Tuve que abandonar mis trabajos. No encontré eco favorable. Los pilotos y los inversionistas se habían entusiasmado con las máquinas movidas por hélices. Creían que los cohetes eran una locura. Y no hay peor fracaso que el de un cónsul entregado a inventos, al parecer quiméricos”.
Paulet, el genio incomprendido de finales del siglo XIX y principios del XX, había de sufrir aún más, debido a las consuetudinarias trabas burocráticas de que ni el Perú ni la mayoría de las naciones del mundo han podido librarse ni siquiera en plena era espacial.

El archivo que nadie quiso ver

En 1935, cuando el gobierno del Perú lo llamó para que dirigiera el departamento comercial de la Cancillería, juzgó que era el momento de aprovechar su cercanía a las autoridades y envió al ministerio de Aviación, un archivo completo de sus experimentos. Nadie se dignó responderle una letra, ni siquiera para acusar la recepción de los documentos. El mismo dossier fue enviado dos años después a la embajada de Gran Bretaña y también recibió el silencio como respuesta.
Hay que recordar que durante la segunda Guerra Mundial, Londres fue bombardeada con las V–2 alemanas, inspiradas en el mismo principio de los cohetes de Paulet.
Ya en la década de los 40s y cuando se encontraba en Buenos Aires como miembro de la legación peruana, Pedro Paulet leyó que Frank Whitle, piloto de pruebas norteamericano había realizado con éxito un vuelo en un avión impulsado por un motor a reacción.

La calle Junín aún conserva parte de su vieja imagen




El 30 de enero de 1945, afectado seriamente por la sordera, y por las muchas frustraciones que había sufrido, esperaba una respuesta de Lima, a una solicitud que remitió a la Cancillería para que le concretara un ascenso al que tenía derecho y que llevaba ya diez años de retraso.
Ese mismo día recibió la respuesta: la Cancillería le notificaba su pase a disponibilidad por límite de edad.
También ese mismo día, el chico de Tiabaya que ensayaba cómo llegar a las estrellas, con cohetes de carrizo rellenos con pólvora, atados con una pita encerada, y quien ya anciano recibía su cesantía en Buenos Aires, dejó de existir.



1 comentario:

Oscar González Málaga. dijo...

Estimado Luís Eduardo:
Con tú apoyo y con tú pluma ,podemos lograr un reconociento para el sabio arequipeño, Pedro Paulet Mostajo, comenzando con que la principal avenida de ingreso a Tiabaya , lleve su nombre.
Ferlicitaciones por el informe, los contenidos son de primera.
Abrazos.
Oscar González Málaga.