miércoles, 5 de abril de 2017

Asistía a su propia resurrección

Comenzó a medir
el tiempo con los
latidos de su corazón

Nota del editor – Este es un fragmento de la novela Un cuadrito de sol en la penumbra, del periodista y escritor Luis Eduardo Podestá, y es la tercera que produce. Este, el segundo de una serie de fragmentos que aparecerán en los próximos días, se publica aquí como un obsequio anticipado de lo que los lectores leerán en el libro que es distribuido mundialmente por empresas especializadas en ventas por internet. Al final del fragmento se incluye la lista de las empresas encargadas de la distribución. Gracias por leerlo.


Sintió que esto era parecido a una vida absurda y sin sentido en medio de las sombras y de esta suavidad extraña donde no existía nada y la nada existía y sin poder abrir los ojos, sin poder emitir ninguna protesta ni súplica a través de los sellados labios, solo después de un tiempo interminable los dioses que gobernaban este mundo sombrío le permitieron escuchar una voz, creo que lo peor ya pasó, y recién entonces, Nora Ludeña supo que en aquel instante y no en otro del tiempo infinito en que parecía navegar estaba asistiendo a su propia resurrección.


Poco después, Nora comenzó a medir el tiempo con los latidos de su corazón, que percibía muy lejos de su cuerpo, como si el corazón que los producía se encontrara a kilómetros de distancia de ella, en el otro extremo del mundo, y sus pequeños golpes tardaran una enormidad en llegar hasta sus sentidos para que su cerebro los calificara como latidos, porque quizá eran los bandazos de una extraña rueda que iba por caminos destrozados y llegaban hasta sus sienes para anunciarle que vivía y estaba posada en este mundo, inmóvil, inerte como una piedra, detenida en algún lugar del espacio que atenuaba los signos de la existencia recuperada, y los reducía a un golpecito en las sienes y comenzó a sentir un dolor igualmente lejano e inidentificable en algún lugar de su cuerpo que flotaba y ondulaba como una sílfide y se preguntó si lo que escuchaba era música e intentó forzar sus oídos para identificar los ruidos y todo era una mezcla de ruidos y sonidos en el fondo de su cerebro y vivo, se dijo, estoy viva, pero dónde, se preguntó y no experimentó ninguna alegría, ni tristeza, y trató de abrir los ojos pero estaban ajustados por una enorme presión que quizá era una venda o quizá era la piedra de una tumba donde la muerte le permitía algunas sensaciones sin esperanza ni coherencia y en su desesperación trató de lanzar un grito pero su garganta no se lo permitió y solo llegó hasta sus sentidos el sonido de un susurro deslizante y angustioso, no puedo hablar, se dijo y trató, en un esfuerzo desesperado por comprobar si estaba viva o en el fondo de una tumba, de mover una mano, un dedo, y la presión absoluta que la rodeaba se lo impidió una vez más y estoy muerta, se dijo, o me encuentro metida en la más absurda fantasía que engaña mis sentidos, o estoy resucitando en el fondo de un sepulcro, pero entonces percibió cerca de ella, el movimiento de alguien más que le tocó una mano, le separó los dedos como si se los contara y esa mano subió hasta su frente para remover la venda y recién pudo abrir a medias los ojos y vio arriba un extraño techo oscurecido, percibió un olor a humo como si estuvieran quemando alguna hierba y cuando quiso mover la cabeza hacia cualquier lado, volvió a dormirse y a sentir que viajaba en una nave que se deslizaba ondulante en el espacio.

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